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“Del geoglifo al arte urbano.” La mirada divina de Google Earth

Análisis y reflexión de una obra, por la Artista Plástica Pamela Martínez Rod

Las líneas de Nazca en Perú datadas entre los 550 y 650 años d.C. así como otras gigantescas figuras grabadas en el suelo por los antiguos habitantes de nuestro desierto de Atacama representan un enorme y bello misterio de la humanidad. Desconocemos no sólo su significado sino para quién se hacían, quien era el espectador invocado por ellas. Quienes realizaron estos geoglifos tuvieron que vencer la dificultad de dibujarlos en unas dimensiones tan enormes que imposibilitaba ver su desarrollo mientras se hacían, dificultando el control del resultado final. Los creadores perfeccionaron una técnica que mediante cuerdas permitía seguir cuidadosamente el trazado que se hacía en el suelo, lo que permitió que hoy podamos disfrutar de las bellas y proporcionadas figuras que hoy conocemos.

Grabar el desierto tenía una intencionalidad ceremonial. Los expertos suelen interpretar las líneas de Nazca como parte de una comunicación cósmica entre los habitantes de la zona y sus dioses. Así los geoglifos tendrían una utilidad para la sociedad de la época y se cree que cumplían, entre otras funciones, la de pedir y agradecer por el agua a las divinidades, un bien tan fundamental para la vida como escaso en el desierto. Esta hipótesis cobra fuerza por la cercanía de los trazados con ciertos canales de agua que eran parte de un sistema de acueductos usados para el regadío.

En el caso de los geoglifos que existen en el Desierto de Atacama de nuestro país, el arqueólogo chileno Gonzalo Pimentel señala que responden a códigos o señales que marcaban las rutas y desplazamientos de los hombres de la época por aquellos duros e inhóspitos parajes. El deseo de dejar una impronta humana, una señal de identidad, en el paisaje adverso y extenso que debían atravesar los comerciantes es otra motivación que el arqueólogo vincula con la motivación de los graffiteros urbanos actuales.

Curiosamente la mirada satelital que nos otorga Google Earth nos devuelve la mirada cósmica que invocaban los antiguos. Reemplaza la mirada divina que construían e imaginaban los antiguos habitantes del desierto. Con una simple búsqueda en internet volamos y nos situamos por sobre vastos y lejanos paisajes desde una perspectiva divina, aérea, satelital o como se interprete. Creo que esta posibilidad responde a una aspiración humana antigua y fundamental, la de vencer nuestras limitaciones terrenales, nuestra escala, nuestra gravedad y con una vista amplia y general dominar el paisaje, con ello la distancia y el tiempo, cosas que en nuestra realidad cotidiana son imposibles.

Pero las posibilidades de la mirada de pájaro tecnológica/ digital no sólo nos permite mirar paisajes u obras que por su tamaño o ubicación nos son inaccesibles de apreciar, también han abierto una nueva veta creativa al inspirar a numerosos artistas a crear obras aprovechando este nuevo medio y a la vez escaparate virtual satelital. De esta manera es que artistas como el cubano Jorge Rodríguez- Gerada realiza enormes retratos con tierras de colores en terrenos baldíos que podemos apreciar a través de Google Earth, apelando a un nuevo tipo de espectadores que acceden desde los medios tecnológicos a un encuentro con las obras en un museo virtual-global-aéreo a través de Google Earth o Maps.

Otros artistas como Shaun Utter se basan justamente en las retículas urbanas de Google Maps para crear y manipular cartografías aleatorias de nuevas y coloridas poblaciones urbanas, o como la norteamericana Jenny Odell quien extrae las texturas de las visiones en 3D del Google Maps creando bellas configuraciones abstractas y patrones de diferentes calidades y colores.

 

Pamela
Martínez Rod

Es artista, madre, Diseñadora Gráfica por la Universidad Católica de Valparaíso, Doctora en Bellas Artes por la Universidad de Barcelona.

De lo ontología a la ética. La imagen fotográfica y su poder performático.

La convicción de que la fotografía puede ayudarnos a comprender y acercarnos afectivamente a los demás, es la idea central de la investigación La imagen faltante. Muerte y duelo en la fotografía latinoamericana. Esta, realizada bajo el apoyo del grupo BRAC de la Universitat de Barcelona, aborda aquella fotografía que trabaja el micro testimonio de los violentos conflictos latinoamericanos contemporáneos, tales como la guerrilla colombiana, los feminicidios en México y las distintas dictaduras nacionales. Las diversas propuestas artístico estéticas recogidas, se vinculan estrechamente a las comunidades afectadas, otorgándoles voz, duelo y un espacio representacional para el recuerdo.

El corpus fotográfico de este trabajo es una muestra ejemplificadora de las propuestas actuales de la fotografía latinoamericana. Entre ellos, los trabajos de Lucila Quieto, Erika Diettes, Gustavo Germano, Teresa Margolles, van dando cuenta de las distintas posturas fenomenológicas, indiciales y metodológicas que el arte fotográfico tiene sobre los eventos traumáticos políticos y sociales que decantan, finalmente, en la existencia concreta de un sujeto y de una familia.

Si el denominador común de todas estas propuestas es la muerte violenta y las formas del duelo, ¿cómo construir memoria para otros, para los que advienen, a partir de ausencias, y desapariciones? El marco teórico de la investigación se centra en las propuestas filosóficas de Heidegger, Lévinas y Sloterdijk: Desde el ser para la muerte, pasando por la muerte entendida en el otro y, finalmente, el duelo como una conducta psicohistórica que envuelve a todos los integrantes de una sociedad, este texto propone una integración del duelo privado y singular a una narración social y nacional. Por tanto, desde el sujeto a la comunidad, la muerte y sus representaciones permiten – en estos trabajos fotográficos – girar desde la violencia y el dolor hacia procesos de duelo y sanación.

La propuesta del colombiano José Luis Rodríguez, es quizás la que mejor ejemplifica este trabajo. La insólita serie El lugar vacío, arranca con el conocimiento que Rodríguez tiene de dos ex paramilitares de la guerrilla. Ambos, solos en la selva, desentierran los cuerpos de sus víctimas, especialmente de aquellas que más pesan en sus memorias. Luego viene el encuentro: la familia de la víctima recibe al victimario y hablan de lo que no se dice, de lo que no tiene lenguaje. Rodríguez nos entrega una serie fotográfica de los encuentros entre estos ex guerrilleros y las familias de las víctimas, en donde concluye la historia de desaparición y venganza e inicia un camino de restauración y cese de violencia. (https://www.rodriguezjl.com/el-lugar-vacio). Otros trabajos abordados en el texto son Desaparecidas de Maya Goded, quien visibiliza los femicidios que han ocurrido en Ciudad Juárez desde inicios de los años noventa hasta la fecha; Erika Diettes en Río abajo, quien – con extrema delicadeza – fotografía en primer plano la vestimenta de desaparecidos, flotando en el cadencioso movimiento del agua.

¿Es posible el perdón (al otro, a sí mismo) luego de un evento traumático, de una situación límite como las vividas por familiares de las víctimas? ¿Hasta qué punto la fotografía insta a procesos de sanación y restauración personal y colectiva? ¿Puede la imagen fotográfica instalar en el inconsciente óptico – como señalara Rosalind Krauss – una enseñanza performativa en nuestras conductas sociales? Esta investigación presenta, a través de los distintos trabajos fotográficos valorados, representaciones de la violencia, de la muerte y su desaparición desde un eje afectivo, empático y socializante. En otras palabras, lecciones para una necesaria emancipación cultural.

 

FICHA DEL LIBRO:

Título:
“La imagen faltante. Muerte y duelo en la fotografía latinoamericana”.

Autores:
Pamela Martínez Rod y Javier Gacharná Muñoz.

Editorial:
Editado por Publicaciones de la Universitat de Barcelona, España, 2018.

Financiamiento:
Proyecto Financiado por el Fondo Nacional de Desarrollo Cultural y las Artes, Convocatoria 2017. Fondart Nacional de Investigación Fotográfica.

 

Macarena
Roca Leiva

Profesora de Literatura

Docente e Investigadora del Centro de Estudio del Patrimonio (CEPA), Universidad Adolfo Ibáñez. Chile.

Espacio educativo y aprendizaje

Para referirme al papel del espacio educativo en relación al aprendizaje, quisiera precisar la diferencia entre ambas definiciones. La educación es un sistema de acciones destinadas a lograr que una o más personas desarrollen sus capacidades según un marco social y cultural determinado. El aprendizaje en cambio es un proceso/experiencia interior de transformación y desarrollo de capacidades más o menos consciente. La finalidad del aprendizaje es posibilitar la adaptación y realización de la persona en un contexto sociocultural y también implica por parte del aprendiz la transformación del entorno.

Dicho lo anterior, pienso que el propósito fundamental de un espacio educativo es brindar un ambiente físico, temporal y relacional propicio para el aprendizaje, capaz de dar cabida a las motivaciones y la satisfacción de las diversas necesidades del aprendiz. En este sentido, propongo tres criterios que de acuerdo a mi experiencia me parecen de alta relevancia al momento de pensar un espacio educativo.

Sentido de Bienestar: Un aspecto esencial al momento de diseñar un espacio educativo es la preservación del bienestar del aprendiz siendo respetuoso de las necesidades, ritmos y dinámicas de desarrollo de cada ser. El desarrollo psicomotor y el dominio del propio cuerpo, sienta las bases para el futuro proceso de aprendizaje del infante y comprender los diversos procesos evolutivos del desarrollo infantil considerando cómo se van integrando las diferentes dimensiones del niño, niña o joven, permite proponer espacios acordes a dichas necesidades. Por ejemplo, a nivel de infancia se requiere contar en forma habitual con amplios espacios que favorezcan la expresión y el movimiento espontáneo en los primeros años de educación, de modo tal que el infante pueda progresar en el dominio de su propio cuerpo, desarrollar habilidades de forma autónoma e ir fortaleciendo la seguridad sobre sí mismo/a para el proceso de aprendizaje. El tiempo y el espacio para el movimiento y juego libre durante la infancia (hasta 12 años aproximadamente) debiese ser una prioridad, por la gama compleja de capacidades se despliegan en dicha experiencia, pero sobre todo, por lo necesario e importante que resulta ser a nivel de integración psíquica y corporal para el desarrollo de la motivación, el proceso de pensamiento y la capacidad de actuar sobre el ambiente.

Desafío y diversidad para el aprendizaje: Un espacio educativo debiera ser capaz de proporcionar un entorno atractivo y desafiante de aprendizaje e interacción recíproca. Espacios que contribuyen a despertar la curiosidad, así como permitir la expresión y desarrollo del potencial de aprendizaje de un ser humano en un escenario donde surgen diversas demandas de progreso y gestión de conocimiento a nivel social, político, científico, económico, ambiental, artístico, cultural y tecnológico. De esta forma, un espacio educativo debe estar dispuesto para permitir la construcción y desarrollo de las diferentes áreas del conocimiento considerando las múltiples dimensiones que involucra en el ser humano (corporal, afectiva, intelectual-creativa, social, ética) y también los diversos estilos aprendizaje. El espacio educativo debiera cada vez dar más posibilidades para que el proceso de enseñanza-aprendizaje se lleve a cabo desde la diversidad metodológica, dando cabida al trabajo indagatorio, creativo, colaborativo, interdisciplinario y proyectual y así flexibilizar el carácter contenidista, frontal y expositivo en los procesos de enseñanza para permitir un papel más proactivo y autónomo del aprendiz.

El sentido de identidad: El espacio educativo ha de ser capaz de ofrecer un ambiente flexible y acondicionado para acoger la expresión y formas de relación asociadas a las identidades desde la interculturalidad en el desarrollo del proceso educativo. Los espacios debieran posibilitar el sentido de pertenencia de los actores educativos con su diverso entorno físico, social y cultural. Con esto también me refiero a que pueda dar cabida a rescatar y representar las diferentes identidades logrando el espacio educativo un sentido de continuidad en relación a su entorno y los habitantes que en él se relacionan. Esto implica una permanente búsqueda de lo que les hace sentido a los niños, niñas, jóvenes y adultos que allí participan, dar cabida a las diversas formas de interacción, las celebraciones, las formas de expresión y de conectarse con la comunidad.

En síntesis, los tres criterios que propongo para ser considerados en la creación de un espacio educativo apuntan a forjar ambientes que promuevan la formación de niños, niñas y jóvenes respetados/as en su proceso de desarrollo vital, valorizados/as en sus diversas capacidades, desafiados al aprendizaje desde la interdisciplina y acogidos desde sus identidades y realidades culturales, cultivando un sentido de pertenencia y valor por sí mismos/as y su entorno, el que esperamos sepan cuidar y transformar para así mejorar su calidad de vida.

 

María Teresa
Martínez Larraín

Magister en Educación por la Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación (2011)

Psicóloga (título) y Licenciada en Psicología (grado) por la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso (2003).

Educación y tecnología en la era digital

Es abundante la investigación y literatura que destaca las bondades de incorporar tecnología en los procesos de aprendizaje y comunicación en contextos escolares, en modo particular cuando pensamos y proyectamos las aulas del siglo XXI. Ellas van desde proponer herramientas que aportan a las metodologías activas y a las habilidades de orden superior, hasta escenarios virtuales que auguran la inevitable obsolescencia de la docencia tradicional. Pero también existen quienes observan con cautela el influjo de los medios, sobre todo de las redes sociales y las pantallas, en la vida de los estudiantes. Mientras los primeros insisten en el universo de posibilidades comunicativas y conocimiento que ofrece Internet, y en general el mundo digital, los segundos advierten respecto de los riesgos, como si estuviésemos ante una caja de Pandora de cuyo interior podrían salir los males que den curso a los temidos futuros distópicos, de cuya posibilidad nos advierten las novelas de Huxley, Houellebecq o Paz Roldán, pero también series de televisión como Black Mirror o Los 100, ambas en Netflix. ¿Qué hay de cierto en todo ello? ¿Es la era digital en términos globales, y la tecnología en específico, el preludio de un nuevo salto en la evolución de las comunicaciones y el aprendizaje; o es más bien el nacimiento de una era post-humana, macada por la inteligencia artificial, que agudizaría en forma exponencial las actuales diferencias sociales y raciales, como plantea Yuval Noah Harari en su última publicación «Homo Deus. Breve historia del mañana»?

La evidencia de que disponemos hasta ahora no permite conclusiones tan polarizadas ni maniqueas. Pero sí hay algunas que no podemos ni debemos desconocer, en especial los educadores:

a. La era digital, y todo lo que ella implica de pantallas, redes y medios de comunicación e información, ha impactado en la mente de las personas en tal grado que solo se la puede comparar con el paso de la tradición oral a la escrita en la historia de la Humanidad. La revolución de la Internet es similar a la provocada, en su tiempo, por la imprenta de Gutenberg. El impacto se da a nivel neurológico, es decir, en la mente de las personas. Lo que cambia no son simplemente los aparatos o medios que usamos para comunicarnos o aprender, sino la forma en que aprendemos. Y esto se agudizará mucho más con la irrupción de la inteligencia artificial en lo cotidiano de la existencia.

b. El aprendizaje y la comunicación no se entiende en la actualidad al margen de la cultura digital. Y esto es lo que más dificulta al profesor en la sala de clases. Vincular aprendizaje y tecnologías de la comunicación e información implica muchísimo más que aparatos tecnológicos (celulares, datas, computadores) o plataformas (video juegos, aulas virtuales, sitios web). Implica ante todo comprender que lo que para la generación «pre-digital» (muchos de los cuales están aún en aula) son recursos tecnológicos, para la generación digital es, en cambio, cultura. Y hablar de cultura es lo mismo que hablar de «segunda piel».

c. Quien comprende el impacto de la cultura digital en las nuevas generaciones de estudiantes, puede indudablemente potenciar en ellos habilidades necesarias para el siglo XXI, tales como trabajo colaborativo, pensamiento crítico o creatividad. Pero además está en condiciones de ofrecer aquello de lo que la tecnología no es capaz: un horizonte ético, que permita a los estudiantes aprovechar todas las oportunidades que el mundo digital les ofrece, pero sin por ello perder humanidad.

Desde el punto de vista de los aprendizajes, la cultura digital no es optativa. Cuando accedemos a ella, modifica la forma en que aprendemos y nos relacionamos con el mundo y las personas. Ser profesor en estos tiempos, y en esta cultura, exige asumir el desafío de cumplir el último de los fines de la educación: mostrar sentido.

 

P. Humberto
Palma Orellana

Licenciado en Ciencias Religiosas, 2002.
Profesor de Religión, 2009.
Magíster en Gestión y Liderazgo escolar, 2017.
Rector Colegio Amada Sofía, Coltauco.

Estrategias de difusión de eventos

Las estrategias en redes sociales siempre dependen de cómo el usuario reciba el contenido.

¿Cómo usar internet para difundir tus eventos? El 26 de diciembre del 2016, Rubí Ibarra celebraría sus 15 años. Sus papás, en el entusiasmo de que todos festejaran a su hija, publicaron un video en Youtube invitando a toda la localidad mexicana de La Joya a la fiesta. Lo que no imaginaron es que ese video alcanzaría más de 3 millones de reproducciones. Tampoco que del millón 300 mil personas que confirmó su participación en el evento en Facebook, llegarían cerca de 15 mil al pequeño pueblo. Y así el cumpleaños de Rubí se convirtió en un hito. Sin embargo, no todos tienen la convocatoria y éxito de Rubí. La mayoría de las veces, al difundir un evento o una fiesta en internet, el proceso no es al azar y no todos los contenidos son tan virales como prometen.

El contexto actual no permite improvisar cuando de entregar contenido de valor a nuestros usuarios se trata. Qué debes hacer antes, durante y después Para que la difusión de un evento sea óptima, hay que planificar meses de gestión. Así, las personas se enterarán de manera anticipada y, además, se generará una conversación que puede extenderse hasta después de la actividad.

Qué hacer antes:

  1. Elige las plataformas de acuerdo al público al que quieres llegar: Ten claridad respecto de quienes son los que participarán de la actividad para comunicarte con ellos en las plataformas que frecuenten. No sirve publicar en Snapchat si los usuarios objetivo, por edad y perfil tecnológico están en Instagram, por ejemplo.
  1. Comienza a hablar sobre tu evento con anticipación: Si tienes un sitio web o un blog, planifica la generación de contenidos. No son noticias que anuncien el evento, sino artí- culos que generen contexto e interés por participar. Sus atributos, los estilos musicales, artistas e invitados son temas para abordar.
  1. Usa un hashtag que sea recordable y que no haya sido usado antes: Permite identificar los contenidos relacionados de manera más fácil. Todo lo que se comunique debe llevar el hashtag elegido y estar presente en la publicidad, tanto on como off line. Qué hacer durante
  1. Todas tus redes sociales hacia el mismo objetivo: Debes definir qué publicarás en cada red y con qué frecuencia, antes de que se realice el evento. No es algo espontáneo. Considera a personas distintas que publiquen en cada red para que sea un trabajo ordenado y eficiente.
  1. Realiza transmisiones en vivo: El streaming puede ser una buena opción para aumentar más el público que participa. Puedes usar Youtube o Facebook Live para una transmisión principal y Stories de Instagram para videos más cortos.
  2. Publica contenido de los participantes: Comparte los mensajes y fotografías de los asistentes que utilicen el hashtag del evento, tanto en redes sociales, en las pantallas del lugar y en la transmisión en vivo.

Qué hacer después:

  1. Concentra la información de valor en un solo lugar: Publica fotografías, ponencias o playlist en plataformas especializadas, pero centraliza su difusión en tu sitio web y redes sociales.
  2. Agradece la participación: Si tienes los emails de las personas que asistieron, puedes enviarles un email que agradezca que hayan ido, entregue los highlights del evento y los invite a la próxima edición.
  3. Genera un informe de resultados: Ahí debes considerar métricas como visitas al sitio web, principales fuentes generadoras de tráfico, alcance en redes sociales, etc. No hay fórmulas perfectas para que un evento resulte, principalmente, porque las estrategias en redes sociales siempre dependen de cómo el usuario reciba el contenido. Tener claridad en lo que se quiere lograr y una planificación ordenada, permitirá mejorar los resultados.

Andrea Zamora Acosta

Magister en Comunicación y Periodismo Digital. U. Mayor Periodista Licenciada en Comunicación Social. PUCV Especializada en Comunicación Estratégica Digital Directora General en Lúdica Digital.

Moda en fiesta

La fiesta es un momento de excepción, un instante donde está permitido “ser otro”, donde la ropa adquiere un valor simbólico asociado a la celebración. De hecho, es el único minuto en que no existen cuestionamientos hacia la moda, ya que “producirse” es parte de la esencia. No se puede ir de fiesta sin un buen traje o vestido, ni menos con lo primero que se pilló o encontró en el clóset. Por lo mismo, este contexto ayuda a derribar los prejuicios relacionados al vestir, diluyendo los sesgos de género y frivolidad, con los que muchos tienden asociar a un sector cuyo valor de mercado es de 3 trillones de dólares y, donde trabajan alrededor de 75 millones de personas a nivel mundial. De hecho, las vestimentas de festejo se han transformado en piezas claves de museos a nivel nacional e internacional por su innegable importancia patrimonial.

El Museo Histórico Nacional, por ejemplo, alberga una interesante colección de prendas de fiesta de mujeres y hombres, que nos permiten desentrañar las maneras y modos de celebración de diversos grupos sociales de Chile. Por otra parte, la fiesta como fenómeno de diseño y negocios ha permitido el surgimiento de figuras claves en la industria internacional de la moda como Oscar de la Renta, Giambattista Valli, Carolina Herrera, Prabal Gurung, Vera Wang, Elie Saab, por nombrar algunos, que han convertido esta tipología en la base de sus colecciones.

Por su parte, la moda de autor nacional, es decir, aquella expresión del diseño de indumentaria que supone un proceso creativo con un alto componente de innovación y originalidad, que se manifiesta en un relato propio; también ha visto en la fiesta una oportunidad de inspiración o foco. Lo destacable de lo anterior, es que esta apuesta creativa no solo se refiere a confeccionar ropa de fiesta, sino también a observar las fiestas religiosas y criollas como espacios de referencia al momento de crear propuestas que serán usadas en el cotidiano.

En esta línea encontramos a Roberta de Daniela Hoehmann con su verano 2012 y a Lupe Gajardo (marca homónima) con su verano 2014, quienes utilizan a la fiesta nortina de La Tirana como hilo conductor. Asimismo, existen diseñadores que han optado por perfilar su carrera sólo en esta línea, creando marcas cuya especialidad es satisfacer las necesidades femeninas ligadas a ciertas

efemérides de vida –graduaciones y matrimonios- que suponen una fiesta en si misma. Allí tenemos a las etiquetas Santa Clara, Paulo Méndez, Rodrigo Valenzuela, Karina Latorre, Rodolfo Vera, entre otros. Todo lo anterior nos demuestra no sólo que la indumentaria ligada a las celebraciones es una pieza clave de una industria millonaria, sino también que es esencial en nuestro relato autobiográfico, porque no existe fiesta, sin ropa de fiesta.

Sofía Calvo Foxley

Periodista y MBA en Dirección de Empresas. PUCV. En 2007 creó el sitio web, Quinta Trends (QT), cuyo foco editorial está orientado principalmente a relevar la moda de autor latina y a reflexionar sobre sus alcances como promotores de la identidad y economía de sus países. Asimismo es socia fundadora de la consultora, Matriz Moda. Dentro de sus otras actividades en el mundo del diseño, se cuentan la publicación de los libros “El Nuevo Vestir” (RIL Editores, Fondo del Libro Convocatoria 2016) y “Relatos de moda” (autoedición – 2013). Además ha asesorado a instituciones y marcas de la escena de autor chilena y latinoamericana, ha realizado clases de pregrado y postítulo sobre marketing y periodismo digital, entre otros.

Se armó la fiesta!!!

Esta expresión nos sitúa plenamente ante una construcción y una estructura que de antemano hace presumir que toda fiesta tiene elementos, que cuenta entonces con orden y forma y también un espíritu y sentido a la manera de estructura que le permite sostenerse como un tiempo acotado y revestido por lo festivo. Entonces queda claro que la fiesta tiene que armarse. La CIUDAD de FIESTA nos refiere también a una magnitud, una dirección y un sentido, esta visión casi vectorial trata entonces de conjugar el lugar, el motivo y la experiencia de celebrar. Se podría contar entonces como punto de partida con algunas precisiones que permitan distinguir la celebración de lo celebrado y junto con ello el comprender el tono festivo y ritual que adquieren ciertos movimientos, gestos, objetos y elementos. Así vista la comprensión y articulación vectorial de la fiesta permite afirmar en ese sentido que la “magnitud de ciudad” se configura en la percepción y “validación colectiva del sentido” de lo celebrado, así la fiesta adquiere una “dirección que ordena el acontecer” y le da forma al acontecimiento.

La fiesta comparece entonces como una construcción que da cabida a la alegría por medio de la configuración de un tiempo especial para la celebración (acontecimiento) y la definición de un tono condicionado por lo celebrado (acontecer). Naturalmente la fiesta trae de suyo el carácter de celebración donde lo celebrado como motivo busca un lugar, se viste y reviste para distinguirse de lo cotidiano y da lugar a la celebración. Las Fiestas Patrias de septiembre son un buen caso para comprender algunas de las ideas planteadas:

  • Aunque para muchos chilenos no es claro lo que se celebra, si se valida de manera colectiva la celebración, ello dice que si bien el motivo y el sentido de la fiesta son constitutivos no necesariamente su comprensión es una condición para celebrar.
  • Para que la fiesta se arme debe entonces darse cuenta del pretexto y a partir de él se define el lugar y su correspondiente entorno objetual.
  • La fiesta se arma con lugar y objetos estructurando el espacio para el acontecimiento, la ramada, el patio, la parrilla, la guirnalda, el campo, los volantines, la comida,la bebida, etc..
  • Esta configuración de elementos dieciocheros son la interfase para la definición, orden y secuencia que guía el acontecer de la fiesta.
  • En este momento es donde llegan los invitados que ya no responden con su atuendo al tradicional y extinto “Fiestas patrias, ternos nuevos”. Ellos articulan por medio de movimientos y gestos los momentos de la fiesta a la manera de un ritual en el que brindar, comer, jugar, cantar, bailar adquieren un sentido extraordinario y festivo.

Armar la fiesta entonces es darle lugar a la alegría y proponer un orden a los gestos y movimientos, de ese modo este tiempo especial adquiere sentido en una dimensión colectiva y también individual en la que la celebración y lo celebrado se tornan esplendidos.

Eduardo Abarca Lucero

Diseñador Industrial PUCV Académico Escuela de Diseño Universidad de Valparaíso

Valparaíso: Ciudad Teatro

Valparaíso, nombrada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO el año 2003, ha desarrollado un plan director de mejoramiento urbano con el objeto de recuperar su patrimonio arquitectónico. Con esto se zonificó una parte de la ciudad para su recuperación implementando una serie de proyectos tanto urbanos como arquitectónicos y normativos para conservar y recuperar los inmuebles.

Esto provocó una especulación económica de los inmuebles que en diez años ha superado el mil por ciento de su valor original, lo que ha significado, el gran interés por vender y con esto una gentrificación que ha significado la partida de gran parte de las familias que históricamente habían vivido en estos sectores. Como el resto de la ciudad no tiene los atributos de la zona escogida según los criterios de valor patrimonial –que por lo demás comprende la zona de los primeros asentamientos desde el año 1536, entonces estos sectores no reciben los mismos beneficios ni los mismos parámetros normativos, permitiendo el desarrollo inmobiliario de grandes edificios emplazados en la parte alta de los cerros, que vienen a cambiar radicalmente la morfología original y las relaciones sociales que existían en estos sectores.

Valparaíso es una ciudad muy sensible a los cambios, puesto que puede verse a sí misma como un total, como un gran teatro abierto: desde diversos puntos se puede reconocer la ciudad como un todo, considerando que en cada promontorio de los 50 cerros de la ciudad que se distribuyen en forma de herradura, existe un mirador por muy precario que éste sea. Cuando se dice erróneamente que Valparaíso es un gran “anfiteatro” que mira al mar –puesto que se reconoce por anfiteatro la mala costumbre de llamar así a los teatros al aire libre–, podría pensarse, que este error, arraigado en la cultura porteña, se debe a su configuración en forma de herradura, como un gran teatro griego que mira su extensión de mar desde todos sus frentes.

Lo correcto sería decir entonces que Valparaíso es un buen ejemplo de “Ciudad-Teatro”1 por sus cualidades geográficas y urbanas. Y, si bien este título ha surgido por diversas razones, más históricas y culturales que urbanas, con el tiempo andado vemos que no cualquier ciudad puede ser nombrada así y que a su vez dicho título nos permite distinguir la cualidad espacial que tiene la ciudad de Valparaíso y advertir lo que sucede cuando las ciudades se van convirtiendo en escenografías de su propia nostalgia.

Existe una diferencia fundamental entre una ciudad sin fondo (fondo de escena vista desde la perspectiva del teatro griego), sin algo que le dé soporte, identidad, consistencia, historia y otra que tiene fondo, fruto de su identidad, de su cultura, de sus ritos cotidianos y extraordinarios. Pero también hay un riesgo en una ciudad cuando, por querer capitalizar estas virtudes, esta se transforma en un verdadero producto temático y escenográfico. Valparaíso tiene esa capacidad de ver y verse, de quien puede subir un cerro y recorrerlo para encontrarse de vez en cuando con una ciudad nueva pero siempre con la constante presencia del mar, un mar que se presenta en fragmentos de rada. Ya quisieran los griegos haber tenido una ciudad como ésta, siempre convergiendo para quedar ante su propio destino –que para el caso de los porteños es el mar, su océano no tan pacífico.

Podemos contemplar las ciudades actuales y valorizarlas por su capacidad de reflejar o no su propio destino, como lo fuera el Teatro para los griegos. Tal condición, nos puede llevar a otra medición que es cuando las ciudades fruto de sus ofertas y su comercio, se van volviendo espacios de espectáculo, a través de productos temáticos que las van estigmatizando. Las ciudades del ver o las ciudades visuales, como diría Guy Debord 2 que, más rápido de lo que se quisiera, van siendo tomadas, apropiadas por un sistema (casi siempre económico) que sólo mira hacia afuera perdiendo trágicamente su adentro, su ser, su identidad. El teatro o ciertos principios de teatralidad que podemos encontrar en la historia, nos permiten considerar que, si miramos bien a través del espejo podemos revisar lo que está dentro y lo que está afuera, medirlo, equilibrarlo.

Es el ajuste que posibilita tanto al ciudadano como al extranjero, reconocer lo mismo, o al menos distinguir lo verdadero, de lo verosímil y también lo falso. Valparaíso de esta manera corre el riesgo de perderse, y transformarse en una ciudad de cartón, incluso, aunque su reconocimiento patrimonial fuera por el valor intangible de su sociedad. Aun así, y ya recorriendo sus calles seudo-nuevas, se puede ver la pérdida de lo original tanto en lo socio-cultural como en lo material. Tarea nada de fácil es esta de restaurar sin perder el estado inmediatamente previo en el cual se reconocía su originalidad. ¿Qué pasó con el óxido de las planchas de aluminio ondulado que había  en las calles del cerro Concepción y que de algún modo sostenían su identidad, por lo menos de aquellos años? Preguntará quien vuelve a la ciudad luego de un tiempo de no haber estado en ella y por las cuales reconoce su historia, la propia y la de todos.

REFERENCIAS 1.- El concepto de Ciudad-Teatro, es la definición con la que el autor desarrolla y obtiene el título de doctor bajo el nombre “La Ciudad-Teatro, el lugar de la escena y otros lugares”, en el cual realiza un estudio comparado de la historia del Teatro y sus transformaciones con la historia de la ciudad y de la arquitectura, observando las reciprocidades que puedan existir entre ambas disciplinas. 2.-Devord, Guy, La Sociedad del espectáculo, ediciones pre-texto, valencia, 2007.

Andrés Garcés Alzamora

Doctor en Arquitectura Profesor Adjunto y Jefe Asistencia Técnica EAD PUCV

Fiesta del mar… fiesta que nace del mar, mar que últimamente, se nos esta haciendo cada vez mas esquivo…

Recuerdo venir en el metro, como a la altura de Caleta Portales, sentado al lado de la ventana mirando hacia el mar, allí estaban todos los botes en la procesión de San Pedro, llevando al Patrono de los pescadores en uno de ellos, en dirección hacia el muelle Prat. Recuerdo que era un día soleado, en blanco y negro y horizontal, me dediqué a sacar fotos en ese formato, el juego de brillos en el mar, el contraluz de los botes, sus banderines al viento, estaban vestidos para la ocasión y la gente acompañando por el borde de la playa o por el paseo Wheelwright, caminando, trotando o en bicicleta, me hicieron querer atesorar este momento en fotos. Estación Barón, estación Francia, estación Bellavista, seguimos mirando por la ventana del metro el conjunto de embarcaciones de distintos tamaños y su recorrido por el mar, adelantándonos a su destino, que sería el mismo nuestro. Hasta que llegamos a la última estación, nos bajamos en la estación puerto y caminamos en dirección hacia el muelle, ahí estaban todos esperando la llegada del Patrono, para dar inicio a una nueva procesión, esta vez por tierra. Vecinos, turistas, pescadores, escuelas de baile, bandas instrumentales, comercio ambulante, la ley y el orden, la familia Miranda, y uno que otro perro, estábamos esperando su llegada.

Pasado unos minutos arriba la procesión, nos acercamos al borde mientras suben al Patrono por las escaleras del muelle. Sobre una suerte de camilla adornada con flores se yergue la figura de San Pedro y en su mano izquierda, pegada a su pecho, la llave del Reino de los Cielos. Todos los feligreses dispuestos en cada línea de peldaños, o desde el bote salvavidas estaban viendo cómo se daba inicio a un nuevo peregrinaje, llevando a San Pedro en andas, el Carnaval está iniciado, la música comienza a sonar y los bailes al ritmo de esta, van avanzando por las calles, la gente se suma a la caminata, de repente aparece un auto con “alguien” sentado en el capo, cual mascarón de proa, abriéndose paso en el mar de personas, quien más que el maravilloso Tuga (asumo que cualquier porteño que se precie de tal debe conocerlo), mundial pero definitivamente patrimonio porteño. Iniciamos la procesión también, al son de bombos, platillos y bronces nos mezclamos entre los centenares de coloridos bailarines de las distintas cofradías que rinden tributo a la Virgen y al Patrono. Entre bailes, saltos, brincos y cánticos, hacemos el recorrido hacia el Norte por calle Errázuriz, Antonio Varas y Altamirano, hasta llegar a Caleta el Membrillo.

Una vez ahí se realizó la tradicional misa, se pidió por los pescadores artesanales y una vez finalizada, bajamos a la misma caleta, obviamente, a degustar la pesca frita, el vaso de vino y un pedazo de pan. Algunos miraban desde lo alto en las barandas, otros pululaban entre los mesones de atención, algunos continuaban bailando, otros mirábamos atentamente las pailas gigantes calentadas con grandes fogatas de leña, donde introducían las merluzas previamente pasadas por la mezcla, por lado y lado, esperando nuestro turno. Así cada año, así por más de 100 años, Valparaíso acoge esta fiesta religiosa, fiesta de los pescadores, fiesta patrimonial, fiesta urbana. Donde se une el mar y la tierra, religión y devotos, música y baile, comida y comensales, tradición y patrimonio. Todos de alguna manera participamos de ella, quizá como meros espectadores, mirando desde lo alto de los cerros, o mirando sentado en la playa, quizá como devotos feligreses, acompañando arriba de un bote, o como bailarín religioso o andino. Como cada ritual tiene sus distintos grados de participación.

Principalmente es una fiesta que nace del mar, mar que últimamente, se nos está haciendo cada vez más esquivo. Bien es sabido que Valparaíso es una ciudad puerto, y que inevitablemente debe responder a este destino y vocación, ya sea, con el tan polémico proyecto de expansión portuaria, a través de la ampliación del Terminal 2 o el puerto a gran escala en Sector Yolanda (T3), proyectos que deben ser dialogados, revisados, consensuados, para no transformarse en una gran razón de negación al mar, y en definitiva, el desprecio por hacerse cargo de un borde costero urbano, accesible y patrimonial. Quizás no sólo los pescadores artesanales deban encomendarse al Santo Patrono para que les de buena pesca y los cuide en el mar, quizás nosotros también deberíamos pedir al Patrono que, con su llave dorada, nos mantenga las puertas abiertas al mar y así no tener que acabar definitivamente con la fiesta. Yo por lo menos ya me encomendé. Amén.

Pablo González Zavala

Arquitecto Universidad de Valparaíso. 2007 Derecho Urbanístico PUCV. 2017 Fundador de TALLER 986, Oficina enfocada en el desarrollo colaborativo e interdisciplinario de proyectos de arquitectura de bajo costo, pertinentes en su emplazamiento urbano y carácter público social.

De la Fiesta al carnaval: entre ordenamiento y reordenamiento simbólico

Las manifestaciones festivas de individuos y comunidades son expresiones que nacen de lo religioso, donde originalmente no existía la distinción entre lo sacro y lo profano. De hecho, si pensamos, por ejemplo, en dos fiestas de la región de Tarapacá como son la Fiesta de la Tirana (16 de julio) y la Fiesta de San Lorenzo (10 de agosto), podemos aún presenciar esa unión entre lo sacro y lo profano como una sola expresión. Dos fiestas tarapaqueñas que entre procesiones llevan a cientos de peregrinos para visitar a la “Chinita” y al “Lolo”, donde muchos acuden por primera vez como visitantes mientras que otros acuden cada año para cumplir sus mandas como acto de devoción. Dos fiestas populares de dicha región donde los bailes, la música, las máscaras, los trajes, el fuego configuran un tejido de símbolos donde se entrecruza la fe, la feria y el festín que acompaña el espíritu festivo. Podríamos seguir sumando fiestas como las Saturnales en honor al dios Saturno (17 de diciembre) que se desarrollaban antes que el cristianismo fuera oficializado como religión del Imperio Romano (Edicto de Milán, 313 d.c.); también podríamos hacer referencia a las fiestas de locos que durante el medioevo transformaban la ceremonia de la liturgia en antiliturgia, lo ceremonial en burlesco; o a la fiesta del asno (14 de enero) que recordaba la huida a Egipto, una fiesta plena de simbolismo asociado al imaginario medieval o al simbolismo del asno.

Las fiestas tienen un origen religioso (Schultz, 1994), y podríamos afirmar que todo lo festivo respondería a una orientación religiosa, donde unas manifestaciones pueden apuntar más a un espíritu dionisíaco y otras hacia un espíritu más apolíneo, pero en el fondo ambas tienen una orientación religiosa. Por ejemplo, podríamos pensar en las Bacantes de Euripides y sentirnos próximos a un espíritu dionisíaco donde lo festivo y placentero tiene un carácter popular vinculado a lo carnavalesco. Y por otro lado pensar en los rituales de Semana Santa o en el Sabbath que nos pueden llevar a una orientación más apolínea que responde a la recreación racional de un ritual. Sin embargo, el pensar y el presenciar las manifestaciones festivas de lo humano/divino responde a una dualidad, alternancia y fusión de lo apolíneo y dionisíaco (Nietzsche, 2007). Un principio de comunicación y de interacción entre el orden natural y cultural que actúa en función de la necesidad de guardar de forma permanente un orden de carácter simbólico entre lo humano y lo divino. Un orden que responde a fechas precisas, a un calendario festivo, y que en el caso de acontecer un suceso que altera el orden natural/cultural durante, por ejemplo, un periodo de siembra o cosecha como es en el caso del fallecimiento de un recién nacido, se apela a un ritual de duelo/fiesta que reordene lo simbólico a través de un velorio de angelito (Petrovich & González, 2015). Pero así como las fiestas religiosas reproducen simbólicamente la sociedad hay rituales festivos que la invierten apelando al desorden simbólico. El hecho de hacer referencia a lo festivo es centrarse en la cultura popular, en sus expresiones públicas (Bakhtine, 2010) y en uno de sus principales rituales festivos como lo es el carnaval. Es el caso del Carnaval de Río, del Carnaval de Oruro, del Carnaval de Venecia o del Carnaval de Basilea, por mencionar algunos. Cuatro manifestaciones carnavalescas que desde su polisemia preparan desde lo profano el camino hacia lo sacro, siendo el anverso de la cuaresma, y donde las metamorfosis del paso de la vida a la muerte, y a la resurrección, o el paso de Rey a Bufón, o de Obispo a Pecador, que se representan a través de máscaras y bailes, constituyen una suerte de práctica ritual (Turner, 1988) que compensa las diferencias propias de una sociedad políticamente inestable apelando a la reunión de las diversidades que la pueblan.

 

Maximiliano Soto Sepúlveda

Doctor en Sociología, mención Socioantropología. Universidad de Estraburgo. Francia Magíster en Antropología. Universidad de Chile. Profesor de Historia y Ciencias Sociales. PUCV. Actual académico de las Facultades de Arquitectura y Humanidades de la Universidad de Valparaíso