Skip to main content
Category

EXPERIENCIA

Una pausa en el tiempo: El trolley

Valparaíso es famoso -en serio, mundialmente- por su pasado, su arquitectura, el Wanderers, los cruceros, ascensores, los choros del puerto y ahora porque los proyectos inmobiliarios son observados cuidadosamente por ciudadanos y autoridades.

Los turistas (rusos, ingleses, gringos, franceses) tienen un circuito obligado que incluye La Sebastiana; casa de Neruda, el paseo 21 de mayo, el museo Baburizza, el taquillero cerro Concepción, el museo a cielo abierto. Todo en el cerro.

Sin embargo existen hitos turísticos ubicados en el plan de Valparaíso como el barrio la Matriz, el mercado o el mismo puerto, pero son considerados “peligrosos” (cuántas cámaras). Ellos están en la ruta de un potente transporte público: el trolley. Este sistema merece ser reconocido una y otra, y otra vez y una más por su historia, por el sistema mismo, por lo que significa estar vigente por casi 80 años en Valparaíso.

El trolley es un sistema de transporte público alimentado por energía eléctrica que data desde 1880. Este sistema consta de un tendido eléctrico aéreo que recorre la ciudad de extremo a extremo, desde el cual se adhiere una unidad “trolley” por medio de dos astas. Es como “los autopistas” de juguete pero al revés: desde arriba.

Este sistema, desde su origen, fue y es utilizado en bastantes ciudades del mundo como Australia, China, Irán, Mongolia, Italia, Suiza, Austria, Suiza, Alemania, Grecia, Polonia, Brasil, Argentina, México, Ecuador, Venezuela, EEUU, Canadá en América.

Y se suma Chilito y con un dato no menor: La flota cuenta con el trolebús N°814, un Pullman Standard 43-CX del año 1947, el más antiguo del mundo en funcionamiento. Si, si, hay unidades más antiguas pero es ésta unidad la que actualmente se encuentra operativa desde los 0 kms. En todo el mundo! Chupatesa.

La flota de trolebuses en Valparaíso data desde 1948 cuando se decide reemplazar a los tranvías. Desde esa fecha la flota ha pasado por una cantidad de duras transformaciones: auges, abandonos, deudas, dictaduras, licitaciones, ventas, remates, inyecciones económicas, etc. Aun así el sistema sigue vigente y los porteños tienen el privilegio de usar estas máquinas silenciosas desde hace casi 100 años, mientras algunos países desarrollados se rompen la cabeza para aplicar un sistema de transporte público eléctrico en sus ciudades. Valpo siempre la llevó, la lleva y la llevará. No como Renca.

Desde que se metió Estados Unidos en nuestro país, los gobiernos no han parado de mirarlo como modelo. Toda una cultura norteamericana se ha instalado en nuestro país: comida, moda, música, cine, ropa, autos, costumbres, Halloween, Holywood, Cinemark, Cinehoyts, la TV, la manera de hablar cachai?, la Coca cola, el concepto de éxito y comprar, comprar, comprar. La cultura desechable y consumista de la que hablaba Moulian a fines de los 90s.

Esto y más tienen un mínimo común denominador: la velocidad. Vive rápido y muere rápido dirá Sid Vicius. Un minuto menos es un dólar menos, dirá… cualquier Yuppie. La siesta de mediodía del huaso? Olvídalo. Esta velocidad destructiva es propia de las ciudades sin embargo, el trolley hace su aporte justo en medio de ellas. “Es hospitalario con la pausa en el tiempo” como dijo Humberto Gianinni. Con su traslado a velocidad-crucero desde un borde de la ciudad al otro, el viaje se transforma en paseo y más que mirar por la ventana, los ojos se vuelcan al interior sin ser obligados, como en un ascensor sin Faúndez.

El trolley, como los ascensores, aportan con esta velocidad- paseo propia del turista que no quiere llegar rápido a cocinar; quiere mirar esa ciudad que el porteño se sabe de memoria y le parece natural ver sabanas o ropa interior colgadas a orillas de la Av. Alemania, o casas construidas con un par de palos, permanit y estamos. O los incendios, o los burros comiendo verduras a orillas del Cardonal, o unos grafittis verdaderas obras de arte. En fin. Relajarse en la vida o “ser hospitalario con la pausa en el tiempo” y sentir que “las cosas van más lento” como recita una de las mejores canciones de Pánico, pueden hacer de nuestro corto pasar por este planeta, algo más digerible como un caldo de mariscos.

 

Cristian Felipe
Bustamante Prieto

Arquitecto
Dr. © Comunicación y Arq. ETSA, UPM. Madrid
Mag. Docencia Universitaria. MDU.
Director revista “Escala uno al ojo”
Director Encuentro de Escuelas de Arquitectura E.S.T.A!
Fundador y Guitarrista de la Banda Umbría en Kalafate.

Caminando hacia la flèche

Si pensamos de manera vertical en la comunicación entre la tierra y el cielo claramente pensaremos en muchos tipos de construcción que buscan comunicar ambas dimensiones, una de ellas es la arquitectura gótica que nos hace pensar en construcciones majestuosas que tienen un estilo particular de vértices y ojivas que apuntan al cielo. Construcciones con vitrales altísimo que dejan penetrar la luz al interior transformándolo en un espacio diáfano, con torres puntiagudas altísimas, o mejor dicho agujas si respetamos la terminología propia de la arquitectura gótica (Panofsky, 1967). Algunas de ellas como la catedral de Amiens, Reims, Chartres o Estrasburgo nos llevan a ese gótico que nació al alero de la Abadía de Saint-Denis, en la actual región de París (Metro línea 13 en dirección Saint-Denis – Université, bajarse en la estación Saint-Denis Porte de Paris) donde el Abad Suger se encontró en un espacio adecuado para reflexionar sobre la luz y sus efectos diáfanos en la comunicación con Dios.

Si tomamos como ejemplo el caso de la ciudad de Reims, y sobre todo su catedral, y llegamos en tren, deberemos avanzar varias cuadras antes de llegar a una calle que nos conduce a ella, la rue Clovis. Una calle sugerente para encontrar aquel lugar donde por muchos años los reyes eran coronados y ungidos con el sudor de Clovis (Clodoveo, el primer rey Franco). Al llegar nos encontraremos con un gótico que se expresa más en su fachada que en sus agujas, donde se representan una serie de motivos bíblicos. Pero si pensamos en otra catedral más cercana a nuestra experiencia de viajero, llegaremos a la catedral de Estrasburgo, de aquella capital de Alsacia, una región de frontera poroso que hace cohabitar lo francés y lo alemán, y que da forma a una historia compartida entre ambos países.

Al llegar a Estrasburgo desde París, después de dos horas de viaje en el tren rápido (TGV), y encontrarse rodeado de estilos más cercanos a lo alemán que a lo francés, lo primero que llama la atención es el color de sus construcciones, pues la mayoría de ellas fueron construidas utilizando la piedra rosada (la grès rose) de los Vosgos (cadena montañosa cercana a Estrasburgo). Desde la estación central uno avanza hacia el centro y al cruzar el puente del Faubourg National sigue por la Grand-Rue hasta ingresar a la place Gutenberg y a poco metros llegar a la rue Mercière desde donde uno divisa al fondo una fachada imponente de piedra rosada rodeada de signos y motivos que a modo de texto representa una especie de obra de teatro tallada. Al aproximarse poco a poco a ese espacio que se presenta como un barrio medieval, y avanzar paso a paso por adoquines y un cuerpo urbano de construcciones restauradas y remodeladas, claramente que nos motiva el sentarnos en el suelo y contemplar hacia las alturas siguiendo los vértices y ángulos de la flèche. Observar el cielo a través de esta especie de dedo índice que conecta tierra y cielo es una experiencia única, y más aún si tenemos la oportunidad de ver a las cigüeñas que llegan del norte de África después de recorrer kilómetros y kilómetros de distancia para llegar a anidar en estas latitudes.

Pensar en la catedral de Estrasburgo, en aquella construcción medieval con una sola aguja o flèche de 142 metros de altura, me hace pensar en muchas observaciones y experiencias que tuve durante los siete años que residí ahí. Un periodo de tiempo suficiente para recorrer muchos rincones y pasadizos secretos de la historia de esta ciudad y conectarme con su catedral que en los días lluviosos y nevosos se convertía en mi refugio o en los días de confusión propios de la redacción de la tesis doctoral, y bajo la presión de tener que entregar avances se convertía en ese espacio de soledad que relaja e inspira. Un espacio donde en aquellas mañanas otoñales la luz que atravesaba sus vitrales producía un juego de colores cálidos que relajaban e inspiraban diáfanamente la mente y el cuerpo.

 

REFERENCIAS
1.- Panofsky, E. (1967). Architecture gothique et pensée scolastique. Paris, Éditions De Minuit

 

Maximiliano
Soto Sepúlveda

Doctor en Sociología, mención Socioantropología. Universidad de Estraburgo. Francia
Magíster en Antropología. U.Ch.
Profesor de Historia y Ciencias Sociales. PUCV.
Actual académico de las Facultades de Arquitectura y Humanidades de la Universidad de Valparaíso.

 

Fiesta del mar… fiesta que nace del mar, mar que últimamente, se nos esta haciendo cada vez mas esquivo…

Recuerdo venir en el metro, como a la altura de Caleta Portales, sentado al lado de la ventana mirando hacia el mar, allí estaban todos los botes en la procesión de San Pedro, llevando al Patrono de los pescadores en uno de ellos, en dirección hacia el muelle Prat. Recuerdo que era un día soleado, en blanco y negro y horizontal, me dediqué a sacar fotos en ese formato, el juego de brillos en el mar, el contraluz de los botes, sus banderines al viento, estaban vestidos para la ocasión y la gente acompañando por el borde de la playa o por el paseo Wheelwright, caminando, trotando o en bicicleta, me hicieron querer atesorar este momento en fotos. Estación Barón, estación Francia, estación Bellavista, seguimos mirando por la ventana del metro el conjunto de embarcaciones de distintos tamaños y su recorrido por el mar, adelantándonos a su destino, que sería el mismo nuestro. Hasta que llegamos a la última estación, nos bajamos en la estación puerto y caminamos en dirección hacia el muelle, ahí estaban todos esperando la llegada del Patrono, para dar inicio a una nueva procesión, esta vez por tierra. Vecinos, turistas, pescadores, escuelas de baile, bandas instrumentales, comercio ambulante, la ley y el orden, la familia Miranda, y uno que otro perro, estábamos esperando su llegada.

Pasado unos minutos arriba la procesión, nos acercamos al borde mientras suben al Patrono por las escaleras del muelle. Sobre una suerte de camilla adornada con flores se yergue la figura de San Pedro y en su mano izquierda, pegada a su pecho, la llave del Reino de los Cielos. Todos los feligreses dispuestos en cada línea de peldaños, o desde el bote salvavidas estaban viendo cómo se daba inicio a un nuevo peregrinaje, llevando a San Pedro en andas, el Carnaval está iniciado, la música comienza a sonar y los bailes al ritmo de esta, van avanzando por las calles, la gente se suma a la caminata, de repente aparece un auto con “alguien” sentado en el capo, cual mascarón de proa, abriéndose paso en el mar de personas, quien más que el maravilloso Tuga (asumo que cualquier porteño que se precie de tal debe conocerlo), mundial pero definitivamente patrimonio porteño. Iniciamos la procesión también, al son de bombos, platillos y bronces nos mezclamos entre los centenares de coloridos bailarines de las distintas cofradías que rinden tributo a la Virgen y al Patrono. Entre bailes, saltos, brincos y cánticos, hacemos el recorrido hacia el Norte por calle Errázuriz, Antonio Varas y Altamirano, hasta llegar a Caleta el Membrillo.

Una vez ahí se realizó la tradicional misa, se pidió por los pescadores artesanales y una vez finalizada, bajamos a la misma caleta, obviamente, a degustar la pesca frita, el vaso de vino y un pedazo de pan. Algunos miraban desde lo alto en las barandas, otros pululaban entre los mesones de atención, algunos continuaban bailando, otros mirábamos atentamente las pailas gigantes calentadas con grandes fogatas de leña, donde introducían las merluzas previamente pasadas por la mezcla, por lado y lado, esperando nuestro turno. Así cada año, así por más de 100 años, Valparaíso acoge esta fiesta religiosa, fiesta de los pescadores, fiesta patrimonial, fiesta urbana. Donde se une el mar y la tierra, religión y devotos, música y baile, comida y comensales, tradición y patrimonio. Todos de alguna manera participamos de ella, quizá como meros espectadores, mirando desde lo alto de los cerros, o mirando sentado en la playa, quizá como devotos feligreses, acompañando arriba de un bote, o como bailarín religioso o andino. Como cada ritual tiene sus distintos grados de participación.

Principalmente es una fiesta que nace del mar, mar que últimamente, se nos está haciendo cada vez más esquivo. Bien es sabido que Valparaíso es una ciudad puerto, y que inevitablemente debe responder a este destino y vocación, ya sea, con el tan polémico proyecto de expansión portuaria, a través de la ampliación del Terminal 2 o el puerto a gran escala en Sector Yolanda (T3), proyectos que deben ser dialogados, revisados, consensuados, para no transformarse en una gran razón de negación al mar, y en definitiva, el desprecio por hacerse cargo de un borde costero urbano, accesible y patrimonial. Quizás no sólo los pescadores artesanales deban encomendarse al Santo Patrono para que les de buena pesca y los cuide en el mar, quizás nosotros también deberíamos pedir al Patrono que, con su llave dorada, nos mantenga las puertas abiertas al mar y así no tener que acabar definitivamente con la fiesta. Yo por lo menos ya me encomendé. Amén.

Pablo González Zavala

Arquitecto Universidad de Valparaíso. 2007 Derecho Urbanístico PUCV. 2017 Fundador de TALLER 986, Oficina enfocada en el desarrollo colaborativo e interdisciplinario de proyectos de arquitectura de bajo costo, pertinentes en su emplazamiento urbano y carácter público social.

Educación ciudadana: Educarse y ser parte de la ciudad

Hace 10 años atrás se cerraron las puertas de mi colegio. La generación del año 2007 fue la última que tuvo la oportunidad de desarrollar toda su educación básica y media en el edificio de los Sagrados Corazones de Valparaíso, hermosa e imponente edificación con más de 100 años de existencia que ahora se cae a pedazos, abandonada en el corazón del Almendral.

Pasé toda mi infancia y adolescencia en este edificio, en el que se educó prácticamente toda mi familia cercana y donde construí profundas amistades. Lo recuerdo como un espacio simultáneamente amplio y laberíntico, con un amplio patio donde cada fin de año calzaba con justa medida la asamblea completa de la comunidad escolar, y que a la vez tenía escaleras oscuras y pasillos que terminaban en rincones olvidados o en puertas que no se abrían hace años. Un edificio antiguo, sin las infraestructuras que actualmente tienen los colegios. Un espacio de otra época, de cielos altos y ventanas de madera.

Pero la institución que dio uso a este edificio no ha desaparecido, simplemente se cambió de domicilio a Viña del Mar, subiendo desde Sausalito hacia Miraflores Alto. Se construyó en ese lugar un edificio contemporáneo de vidrio y hormigón, acorde a las necesidades de los colegios modernos. Los Sagrados Corazones ahora pueden competir en infraestructura con otros colegios de la provincia. Al igual que otras tantas instituciones, la íntegra oferta educacional que proponen se ha adecuado a los currículos educacionales de sus pares.

Los colegios, alguna vez pieza fundamental del corazón urbano de Valparaíso, han seguido a los cementerios y a las cárceles hacia la periferia de la ciudad. Los antiguos edificios ya no dan cabida a las necesidades educacionales actuales, que requieren de salas de cine, canchas de deportes especializadas o estacionamientos. Cada metro cuadrado cuenta, y los patios con condición de ágora, las aulas de doble altura y los extensos pasillos sin destino deben quedar fuera de la ecuación.

Pero en esta operación de modernización era inevitable que algo se perdiera: el vínculo que existía entre la comunidad escolar y el barrio donde esta se emplazaba. Me resulta difícil imaginar que algún estudiante del colegio actual pueda tener una experiencia urbana similar a la que tuve yo con mis compañeros, en un edificio rodeado de bosques y quebradas deshabitadas al que no se puede llegar a pie. Después del horario de clases, mis compañeros y yo siempre tuvimos la posibilidad de recorrer libremente el plan de la ciudad, explorando la multitud de peculiaridades que se pueden encontrar en cada cuadra. Solo por ubicarse en el centro de la ciudad, el colegio nos enseñaba a ser ciudadanos, testigos y actores tanto de las bellezas como de las miserias de la vida cotidiana.

Fue gracias a esta cercanía que pude comprar mis primeros discos en galerías espejadas, descubrir cines ocultos y tiendas de antigüedades, y probablemente este sea el origen de mi interés por la ciudad como una materia de estudio. Quizás el añoso edificio donde estudié no tenía cancha de rugby o talleres de fotografía, pero tenía el valor de situarse en una comunidad compleja y diversa.

Durante todos los recreos, el patio del colegio era inundado por el olor a café tostado que producía la fábrica Tres Montes, ubicada a algunas cuadras. Hasta el día de hoy, cada vez que paso por el Almendral y me encuentro con este olor logro recordar con facilidad el patio donde tanto tiempo pasé conversando, riendo, haciendo nada. Quizás los colegios de la periferia también tengan olores que generan la nostalgia, pero algo me dice que encontrar esos olores en la ciudad debe ser difícil.

 

Fernando
Silva López

Arquitecto UV. 2013
Quiero mi barrio Cerro Merced
SERVIU Reconstrucción
GERÓPOLIS UV

Agua domesticada

Por ahí un profe de taller en la Universidad nos dijo “el agua no hay que detenerla, el agua hay que dirigirla”. Cada invierno, y a la más mínima lluvia, sentado frente al televisor, vemos en las noticias y en uno que otro matinal, como la ciudad de Santiago colapsa, poblaciones inundadas de aguas servidas, pasos bajo nivel más parecidos a piscinas urbanas, sistemas de transporte interrumpido, autoridades de turno en terreno, noteros buscando la mejor cuña, el carro que transporta al peatón por un módico precio.

Inevitablemente al ver estas imágenes la pregunta que nos hacemos es. por qué? ¿por qué de nuevo?  de quién es la responsabilidad de que esto pase? ¿del privado?  del público? ¿Acaso de las autoridades?  mal diseño? ¿mala ejecución? ¿Eventualidad climática? Nos enfrentamos a un quiebre entre lo artificial (la ciudad) y lo natural (el fenómeno climático), una falta de diálogo, un gallito que constantemente gana la naturaleza.

¿Pero qué pasa en Valparaíso? Un buen ejercicio que cada porteño debiese hacer, especial y específicamente en estos días de lluvias, como una manera de tomar y tener conciencia (y, en el mejor de los casos, hacernos cargo) de lo que pasa en nuestra ciudad, es hacer el recorrido de las aguas lluvias, como estas caen sobre nuestras cabezas desde lo más alto de los cerros hasta llegar al mar, considerado las aguas que se drenan en el terreno, la que se encauza en las grandes bóvedas de las quebradas y que no vemos, las que emergen de los colectores cuando colapsa la ciudad y que las volvemos a ver, la que corre por nuestras calles, la que baja por las escaleras haciendo que nuestros pasos sean cuidadosos e inseguros, laderas, la que se aposa en las depresiones del pavimento haciendo que nuestros pasos sean largos y cortos, la que se junta entre la vereda y la calzada y que a veces se acerca en forma de ola cuando algún auto pasa velozmente por ella, la que no nos permite cruzar de vereda a vereda sin aplicar un salto de bajada y uno de subida, la que genera socavones o aluviones, interrumpiendo la circulación de peatones y autos.

Es bien sabido que Valparaíso tiene una historia, un patrimonio geográfico que no solamente significa una división territorial, sino una manera de habitar con el agua. Valparaíso, en tanto ciudad, se fue construyendo en su relación con el agua, domesticando sus quebradas a partir del encauce natural de las aguas, construyendo una suerte de trama de bóvedas, cuya función es devolver naturalmente al mar el agua precipitada, historia de la cual se ha escrito mucho… pero qué pasa puertas adentro, qué pasa con nuestras casas, qué pasa con nuestro refugio. A otra escala, no urbana, pero no menos importante, también hay un recorrido del agua desde que cae en el techo de nuestra casa, o golpea en la fachada de esta, recorrido del que sí tenemos responsabilidad directa, del que sí podemos intervenir directamente, tanto del que la diseña como del que la padece.

Por oficio, en el ámbito de la vivienda social, me ha tocado ver diariamente como tantos arquitectos hay (incluido), tantas maneras de relacionarse con el agua, de domesticarla, hacerla llegar al suelo naturalmente o en algunos casos brutalmente (algunos como clavadistas olímpicos otros como el mejor guatazo de piscina plástica), para luego ser absorbida por este, dirigida hacia otro lugar (el vecino por ejemplo) o en el peor de los casos ingresando a nuestras casas, en forma de la tradicional gotera cuyo destino último será un balde, una olla o una toalla. ¿Nuevamente nos preguntamos por qué?

Es interesante, darse una vuelta por los cerros tradicionales de Valparaíso, “los turísticos” y reparar en los detalles constructivos de las antiguas casas de Valparaíso, no solo como definición estilística, compositiva, muy buena para la foto, sino que alejándose de toda estética, solo para ver cómo se hacían cargo de la gota de agua; hojalaterías, corta goteras, canales y bajadas de aguas lluvias, alfeizares, formaban parte del recetario constructivo de estas, de cuando se construía con materiales y no con productos.

Hoy en día, lamentablemente, es realmente escaso ver la utilización de estos elementos o detalles, la eliminación del pliegue del doblez que dirige o gasta la gota en la construcción de las viviendas, la búsqueda de la forma, del estilo o de una extrema abstracción por sobre la función, el ahorro económico, la calidad del diseño no debiese depender del costo asociado (no se ahorra en perejil), hace que estas al igual que nuestras ciudades colapsen a la menor lluvia.

Me imagino que después de hacer el recorrido y que para evitar que esto suceda en nuestra ciudad o nuestras casas, la idea es que cada uno se haga cargo, vecinos, técnicos, autoridades, en su competencia, en su escala y ojalá coordinados de no detener el agua, sino que de dirigirla, como dijo el profe esa vez.

Pablo González Zavala

Arquitecto – Universidad de Valparaíso. 2007, Derecho Urbanístico PUCV. 2017

Fundador de TALLER 986, Oficina enfocada en el desarrollo colaborativo e interdisciplinario de proyectos de arquitectura de bajo costo, pertinentes en su emplazamiento urbano y carácter público-social.

¿Esta Temblando?

Estaba sentado en una mesa del San Carlos, con el computador abierto y una cerveza fría, mientras es- peraba a una amiga/clienta, íbamos a revisar los planos de la casa que le estaba diseñando en Limache. A eso de las 19.55 empieza a moverse todo (otro temblor más pienso mien- tras sigo sentado esperando) por un sismo que acá en Val- paraíso se sintió 6.0 en escala de Richter, nada extraño en un país de cultura sísmica, por lo que los comensales que nos encontrábamos ahí, además de mirar el cielo y automática- mente pensar o decir “está temblando”

seguimos en nuestra previa ubi- cación, la diferencia esta vez es que se escuchaban afuera las sirenas que avisan de una alarma de tsunami, no muy convencido salgo a la calle, ya que decidieron cerrar e iniciar la evacuación, una vez en la calle y como a eso de las 20.05 en mi teléfono (en realidad en el de casi todo el mundo) em- pieza a sonar otra alarma, con un mensaje que aparece en la pantalla

“Alerta de Emergen- cia SHOA_ONEMI establece evacuar a zona de seguridad por tsunami”

mientras sigo a la multitud subiendo por las Heras para empalmar con Avenida Colón con dirección a Avenida Fran- cia. Lo de las alarmas generó algo de pánico (colectivo) en la gente que se mezclaba con los autos y locomoción colectiva, mientras buscaban alguna zona segura. de suerte me encuen- tro en la calle con mi amiga, mientras Carabineros nos ha- cen subir por Avenida Francia , algunos seguimos por Baque- dano caminando por un par de minutos hasta casi llegar a calle Latorre.

Luego de esperar un rato, mirando la ciudad desde lo alto,

de lo que uno creía que era una zona segura, y no sin antes bus- car un lugar donde sentarse y hablar sobre la casa, iniciamos retirada, algunos volviendo al plan otros por los cerros, algu- nos caminando, otros tratando de tomar micro o un colectivo para ir a casa.

A través de estas imá- genes vivenciales quiero tener un doble acercamiento, a la re-

lación Terremoto/Tsunami,

uno como ciu- dadano porteño, otra como Arqui- tecto,

como quien vive la ciudad y como quien diseña la ciudad. ¿Cuál es la pregunta que tene- mos que responder los arquitec-

tos frente a estos fenómenos de la naturaleza? Luego de haber vivido una infinidad de temblo- res y uno que otro terremoto y con potenciales tsunamis, creo que la escala de intervención no se restringe a un mero dise- ño de vivienda sismo resistente o antisísmica, slogan muy ocu- pado por algunas inmobiliarias para vender su “producto”, cualquier construcción que se diseñe bajo la norma, cumple con esta condición, por lo que no es un valor agregado. Debe- mos pensar cómo estamos pre- parados como ciudad para dar cabida a una mega evacuación,

no solo establecer zonas seguras, sino que diseñar espa- cios públicos que puedan asegurar esta doble función,

como nuestros edificios públi- cos pueden acoger a poten- ciales damnificados, donde establecer nuevos proyectos de vivienda.

La experiencia con el Plan Maestro de Reconstruc- ción Sustentable para la ciudad de Constitución Post Terremo- to y Tsunami 27F, es un claro ejemplo de una intervención a distintas escalas, donde se ge- neraron proyectos de infraes- tructura, edificios públicos y espacio público, proyecto de transporte y vivienda y princi- palmente, cómo proteger a la

ciudad de futuros tsunamis.

Demostrando la im- portancia de la par- ticipación ciudadana, del sector privado y las instituciones pú- blicas en la genera- ción de la pregunta.

Pero ese, es un tema

de voluntad y coordinación. Historicamente ha existido una disociación entre los distintos actores a nivel de voluntades y autonomía, en la toma de deci- siones y generación de proyec- tos. Hoy en día en Valparaíso está sucediendo un fenómeno de participación ciudadana, de

una ciudad

que reclama

por sus

derechos o

sus problemas

sin resolver,

transporte, vivienda, seguridad, espacio público, etc., fenóme- no que se vio reflejado en su máxima expresión en la elec- ción de un Alcalde Ciudadano.

Es ahí donde los ar- quitectos debemos actuar, en las reales necesidades de la ciudad, en la identidad de Val- paraíso, en la relación publica privada de nuestro borde coste- ro y principalmente coordinar a

los distintos

actores para la

generación de

un proyecto

común y único.

Reconociendo esto, podremos definir cual es la respuesta más allá de sus condiciones técni- cas.

En Constitución entre la ciudad y el Mar, colocaron un bosque para disipar por fric- ción la fuerza del agua y ade- más solucionar el problema de acceso al mar como espacio público ¿…y por qué acá colo-

camos un mall?

 

Pablo
González Zavala

Arquitecto
Universidad de Valparaíso. 2007 Derecho Urbanístico PUCV. 2017 Fundador de TALLER 986, Oficina enfocada en el desarrollo colabora- tivo e interdisciplinario de proyectos de arquitectura de bajo costo, perti- nentes en su emplazamiento urbano y carácter publico-social. Coordinador Técnico Equipo De Re- construccion MINVU en catástrofes Terremoto 27F(2010) e Incendios 14F(2013) 12A(2014) y 2E(2017).