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LETRAS

Fusión del cuerpo en el territorio en la obra de Ana Mendieta

Gran parte de la obra de Ana Mendieta se concibe y se propone como un acto que es a la vez ritual y artístico, donde el cuerpo interactúa transformando el territorio. En su serie “Siluetas” experimentó con el trazado de la suya propia insertándola y fundiéndola en la naturaleza de diferentes paisajes de Estados Unidos y México.

En estas acciones artísticas, Mendieta desmonta la idea tradicional de antagonismo entre el ser humano y la naturaleza, también la idea de “territorio” comprendido como zonas determinadas del paisaje donde el ser humano ha trazado límites y es a la vez dominante y propietario. Las acciones artísticas de Mendieta escenifican y se configuran como un medio metafórico para comprender la misteriosa desaparición/fusión de lo existente en medio de la naturaleza, madre creadora y transformadora. Tal como observamos en las fotografías de las acciones, “The three of life” y “Untitled” realizadas en Iowa entre 1977 y 1979, aparece la artista desnuda y cubierta de barro, su cuerpo pierde sus límites y se mimetiza reintegrándose poéticamente al gran tronco de un árbol y al lodo de la tierra respectivamente. Según la teórica María Ruido esta representación como propuesta de comunión se trataría de un “discurso orgánico del monstruo liminar: cuerpo-árbol, cuerpo-río, cuerpo-ramas, cuerpo-tierra” (Ruido, 2002:76). Estos conceptos de desintegración, pérdida de límites, fusión o mimetización se relacionan también con la muerte, el pensamiento mágico de vida en el más allá y algunas creencias que persisten en el imaginario popular tan vivos en algunos sectores de América Latina.

Otro aspecto interesante es que la efímera naturaleza de estas obras plantean cruces de disciplinas artísticas, por un lado la realización de su arte incluía su propia intervención y presencia dentro del proceso creativo, la performance in situ, y por otro lado su exhibición y difusión dependía del registro en fotografía y vídeo para poder darles existencia cuando éstas, por su propia naturaleza, desaparecieran. Sus obras, según la teórica María Ruido son “existentes sólo en/a partir de la memoria” (Ruido, 2002:19).

En “Siluetas”, el trazado de la figura al desaparecer deja una huella, una metáfora visual de la fugacidad de la existencia, que se considera parte fundamental de la obra. La artista nos hace testigos a través de un relato fotográfico secuencial, del desgaste de la silueta trazada y posteriormente de su desaparición, para hacernos entrar en una mirada poética de lo efímero, lo frágil, lo corruptible, aquello que desaparece en un episodio y ante nuestros ojos. “Llenar(se) y vaciar(se), consumir(se), incorporar(se): interpretar la distancia y elaborar la transición de un lugar a otro” (Ruido, 2002:74).

La propuesta de Mendieta con la huella de su cuerpo es insistente, su repetición y su multiplicidad la acerca al ritual, en cuanto búsqueda de sentido mediante un hacer pautado y estructurado y mediante un sentido sagrado/místico de fusión con la tierra, con los orígenes, como dice ella misma, de sus vínculos con el Universo. Es propio del rito, establecer una forma, una conducta ante un hecho que nos sobrepasa. Es en el mecanismo de la repetición que se encuentra la forma de entender aquello que se está ritualizando. La sabiduría del rito radica en que por medio de su repetición accedemos al conocimiento. Como señala Muir, la repetición de gestos cotidianos en un contexto definido, en un tiempo y lugar provocaría respuestas emocionales que se resisten a ser expresados mediante el lenguaje (Muir, 2001: 11). Así es que Mendieta nos acerca a una nueva comprensión sensible de nuestra presencia en los territorios, maritorios y espacios abiertos donde se celebra la convivencia y complementación con el cuerpo.

Les invito a buscar más sobre la obra de esta artista, en la página del Museo Jeu de Paume, http://www.jeudepaume.org/index2014.php?page=article&idArt=3272

IMÁGENES:

01 Ana Mendieta, Serie Siluetas en México, 1973–77/1991. Impresión inkjet. © The Estate of Ana Mendieta Collection, LLC.

02 Arbol de la Vida (Tree of Life) (1976) by Ana Mendieta. Colour photograph, lifetime print, 50.8 x 33.7 cm. © The Estate of Ana Mendieta Collection, LLC.

AUTOR IMÁGENES:

Ana Mendieta.

REFERENCIAS

Muir, E. (2001). Fiesta y rito en la Europa Moderna. Ed. Complutense, Madrid.

Ruido, M. (2002). Ana Mendieta. Ed Nerea, Madrid.

Pamela Martínez Rod
Artista e investigadora independiente y coordinadora del grupo iberoamericano de intervenciones territoriales Plataforma Vértices.
pamelya@gmail.com

Es artista, madre, Diseñadora Gráfica por la Universidad Católica de Valparaíso, Doctora en bellas artes por la Universidad de Barcelona. Dedicada a su trabajo artístico ha participado desde el año 2002 en numerosas exposiciones y residencias en varios países. En 2014 publicó su primer libro de fotografías Memorias Anónimas resultado de un trabajo personal de duelo a través de la fotografía.

Una mirada sobre la Digitalización y la Arquitectura Contemporánea

En los últimos veinte años hemos sido partícipes de una verdadera revolución en materia de medios digitales interconectados y de cómo ello ha repercutido en nuestra disciplina.

El medio arquitectónico se ha hipertrofiado con una producción gráfica desenfrenada, en que la imágenes en sí se banalizan (I), en desmedro de la presentación y valorización crítica del proyecto, como existía en los libros y revistas especializados. El trabajo tradicional de arquitectura en equipo se está transformando en una red colaborativa en espacios digitales donde el aporte individual se diluye cada vez más. El dibujo analógico manual e incluso el asistido por computador, están siendo reemplazados por la simulación, no sólo de la imaginería, sino de los procesos constructivos, tiempos y costos, como partes del proyecto de arquitectura.

Como señala Juhani Pallasma “A pesar de estas integraciones mágicas, las herramientas no son inocentes: expanden nuestras facultades y guían nuestras acciones y pensamientos de maneras específicas” (II). Desde los años noventa, arquitectos como Greg Lynn, desarrollaron modelos digitales morfobiológicos que abrieron camino a proyectos de diseño paramétrico, como la controvertida intervención del Parasol de Jürgen Mayer en Sevilla. Otros arquitectos, como Zaha Hadid y Frank Gehry, privilegiaron una experiencia de experimentación plástica, donde aún existían intersticios de indefinición en los que podía actuar la imaginación creadora, siendo la modelación digital sólo una herramienta complementaria para racionalizar y hacer posible la materialización de formas complejas.

Sin embargo, hoy vemos una creciente homogenización formal en las obras de arquitectura, que en parte resulta del uso estandarizado de softwares de diseño, con una pérdida del papel del arquitecto en la imagen final del proyecto. La forma tradicional de concebir y representar proyectos, más cercana a la pintura, está siendo relevada por la simulación, influenciada por la fotografía, en la misma imaginería en que se desarrolla el cine y los videojuegos. El concepto mismo de simulación subvierte el nivel representativo y aparece como una hiperrealidad –un simulacro (III) – capaz de reemplazar lo que entendemos por realidad, como nos advierte Jean Baudrillard.

Estos cambios también se inscriben en un nuevo constructo cultural que podríamos entender en los términos de Zygmunt Bauman, como una Modernidad líquida(IV); cambiante, vertiginosa y de desarticulación social, en la que la individualidad se impone sobre la comunidad, la sociedad y el Estado. Y en los espacios digitales, esa solitaria liquidez que se escurre entre los dedos, se hace aún más evidente y abrumadora.

En Arquitectura, esta transformación digital ha sido llamada como “los años de la refundación”(V), equivalentes a los de la codificación renacentista de la perspectiva o a la divulgación de la Geometría Descriptiva en el siglo XVIII, dado su potencial de cambiar el curso disciplinar en direcciones que recién comenzamos a vislumbrar y que llevan a cuestionarnos no sólo por la disciplina misma de la Arquitectura, sino por su papel en la construcción de la sociedad, la cultura y la realidad.

 

TEXTO IMÁGENES:

(1) Estructura con diseño paramétrico, Metropol Parasol, Renovación Urbana de la Plaza de la Encarnación en Sevilla, de Jürgen Mayer. Fotografía Rubendende CC BY-SA 3.0

(2) Visión para Madrid, pintura de Zaha Hadid, 1992.

 

AUTOR IMÁGENES:

01. Rubendende CC BY-SA 3.0

02. © Zaha Hadid Architects

 

REFERENCIAS

(I) Llopis Verdú, Jorge. “La Imagen Banalizada”, en Dibujo y Arquitectura en la Era Digital, Refexiones sobre el Dibujo Arquitectónico Contemporáneo. Editorial Universitat Politécnica de Valéncia. España, 2018

(II) Pallasma, Juhani. La mano que piensa. Sabiduría existencial y corporal, Gustavo Gili, Barcelona, España, 2011

(III) Baudrillard, Jean. Cultura y simulacro. Editorial Kairós, Barcelona, 1978

(IV) Bauman, Zygmunt. Modernidad Líquida. Fondo de la Cultura Económica. Argentina, 2003

(V) Chias P. Cardone V. Dibujo y Arquitectura 1986-2016, treinta años de investigación. Editorial Universidad de Alcalá, España, 2016

 

Claudio Vergara Vera
Profesor
Escuela de Arquitectura
Universidad de Valparaíso
claudio.vergara@uv.cl
Docente
Expresión Digital, B.I.M. y Taller Integrado
Escuela de Arquitectura
Universidad de Valparaíso.
Arquitecto
www.claudiovergara.cl
arquitecto@claudiovergara.cl

Escenas íntimas para recordar, fotografías lenticulares de Begoña Egurbide

Las fotografías lenticulares de la artista española Begoña Egurbide rompen los límites de la imagen fotográfca tradicional. En su obra la visión plana y estática es desafiada por la ilusión de una imagen en tres dimensiones cuyo relato se compone con el propio desplazamiento del cuerpo del espectador mientras la contempla. Al modo de los fotogramas del cine, la imagen se va formando secuencialmente -a medida que nos movemos para poder abarcarla en su horizontalidad- así es que es por medio de nuestro andar que unimos las distintas fases de las imágenes y nos hacemos una idea total de la escena que nos presenta la artista.

La técnica de lo lenticular es aquella que nos hacía jugar cuando éramos niños, cuando girábamos esas imágenes texturadas hacia arriba/abajo en busca de que una cierta imagen tuviera un cambio o movimiento, recuerdo la popularidad de unas bastante inquietantes de la cara de Cristo en que se le veía sereno y después en sufrimiento. Una imagen lenticular es aquella que permite crear la ilusión de ver una fotografía plana en tres dimensiones dando también una sensación de movimiento gracias a un tipo de impresión especial que combina dos o más imágenes en una misma y que lleva adherida en su superficie una lámina de plástico texturada.

A través de esta técnica Begoña Egurbide nos introduce en un mundo nuevo donde la imagen fotográfca ya no es sólo la huella de un instante sino que abarca un espacio de tiempo más amplio y se convierte en una escena, una escena para abrir el recuerdo. Ensu serie “Infancia “ la artista nos presenta escenarios compuestos por familias, principalmente niños, en momentos de juego. Recreaciones de la infancia que podemos reconocer y quizás recordar y apropiar como nuestras. Son imágenes que no sólo son dulces y melancólicas sino que también nos muestran las sombras de la infancia, lejos de idealizar la infancia la artista deja entrever una cierta desolación o incluso en el caso de “Pistolas” 2003, una agresividad que se mezcla con la desamparada desesperación de unos gritos mudos, donde no sabemos si la niña se mira al espejo o nos apunta a nosotros en lo que podría ser un juego de interpretación inocente, o quizás la captura de unos instantes donde afora una incipiente crueldad a través de los movimientos frenéticos con la pistola.

En otra imagen, Tiovivo, 2003, Egurbide nos muestra unos niños montados en el carrusel típico de las ferias. Pero este carrusel es caótico, está abarrotado y no deja espacio para ver, parece que los niños no pudieran entrar ni salir de el. La escena no nos da respuestas sino que nos deja preguntas, sobre los niños y lo que hacen ahí solos atrapados en esta máquina chirriante, a veces llorando a veces riendo.

Si consideramos el arte virtual como aquel que quiere introducir la multisensorialidad, la implicación no sólo de la vista sino que del cuerpo en la “experiencia estética” además de querer crear entornos ficticios para experimentarla, podemos decir que las fotografías de Egurbide están en un punto crítico donde convergen tres caminos, o dicho de otra forma podríamos decir que son tres las principales fuentes de las que estas fotografías se han nutrido, el del arte interactivo o virtual, el del cine y el de la fotografía doméstica de nuestros álbumes familiares. De esta manera la artista nos vuelve a introducir en nuestros álbumes familiares con una mirada nueva y complejizada desde donde los podemos reconstruir y recordar.

Los invito a conocer más sobre la obra de esta artista en su sitio web donde a través de una demostración en formato video se pueden apreciar las singularidades de las fotografías lenticulares: www.egurbide.com

Un video de explicación de su obra está disponible está Youtube: https://www.youtube.com/watch?v=IL-fhJ4HGAw

 

IMÁGENES:
Pertenecientes a Begoña Egurbide

AUTOR IMÁGENES:
www.egurbide.com

 

Pamela Martínez Rod
Residente-investigadora en el Centro de Estudios y Documentación del Museo de Arte Contemporáneo MACBA. Coordinadora del grupo iberoamericano de intervenciones territoriales Plataforma Vértices.
Es artista, madre, Diseñadora Gráfica por la Universidad Católica de Val- paraíso, Doctora en bellas artes por la Universidad de Barcelona. Dedicada a su trabajo artístico ha participado desde el año 2002 en numerosas exposiciones y residencias en varios países. En 2014 publicó su primer libro de fotografías Memorias Anónimas resultado de un trabajo personal de duelo a través de la fotografía.

Velocidad y vigilancia

“La existencia del ratón Mickey es ese ensueño de los hombres actuales. Es una existencia llena de prodigios que no solo superan los prodigios técnicos, sino que se ríen de ellos. Ya que lo más notable es que proceden todos sin maquinaria, improvisados, del cuerpo del ratón Mickey, del de sus compañeros y sus perseguidores (…) Naturaleza y técnica, primitivismo y confort van aquí a una y ante los ojos de las gentes, fatigadas por las complicaciones sin fin de cada día y cuya meta vital no emerge sino como lejanísimo punto de fuga en una perspectiva infinita de medios, aparece redentora una existencia que en cada giro se basta a sí misma del modo más simple a la par que más confortable, y en la cual un auto no pesa más que un sombrero de paja”

W. Benjamin. Experiencia y pobreza (1933)

 

En los años en que la técnica representó el gran tema político y poético del mundo, artistas e intelectuales futuristas como Umberto Boccioni, Giacomo Balla, Carlo Carra, lograron el desafío de pintar la tan inasible velocidad, la cual a ojos de los receptores resultaba un acto estético confuso e incluso paródico.

¿Qué significó este acercamiento fenomenológico para la experiencia diaria del tiempo y del espacio? ¿Es la velocidad, como se le ha creído, un fenómeno cronotópico o es más bien una forma real y sensible de experimentar lo metahumano, lo que nos está negado por nuestras limitaciones corporales?

Cuando Paul Virilio postuló la teoría de la velocidad y el accidente nos movió a reflexionar sobre cómo el progreso y la catástrofe son dos caras de una misma medalla. Esta paradoja que inicio en tiempos de la postmodernidad (Lyotard, Jameson y otros grandes filósofos a los que debemos el pensamiento crítico actual), hoy nos tiene consumidos en un mundo cada vez más cercado y asfixiante.

De acuerdo a esta premisa, así como la construcción del Titanic implicaba su hundimiento, la invención del Acelerador de partículas implicará la destrucción del mundo. Para muchos esta teoría es pesimista y desesperanzada, sin embargo me parece una revisión lógica sobre los hechos ya históricos: a mayor progreso técnico, mayor peligro político.

La velocidad es un fenómeno atractivo y desconcertante que oculta siempre una contra lectura y que representa, por lo tanto, la propaganda masiva y necesaria para el progreso sostenido de las naciones. A la vez, la velocidad es un estado impropio al hombre, el que ha sido asumido con una completa naturalidad.

Podemos hablar de dos tiempos en la historia del hombre. El de larga duración o humano y el accidental o intermitente. Este último es aquel que no participa ni del pasado, ni del futuro del hombre, en términos ontológicos. El accidental solo está en el presente, pero sin constituirse en el tiempo de lo habitable. Nadie vive en la velocidad, es solo una invención que la técnica ha normalizado desde el siglo XIX, una fantasmagoría que nos hace creer real, propia y ganada.

La cronotopía propuesta por Mijail Bajtin (cruce de tiempo y espacio vivido) analizaba el tiempo de lo humano en el espacio geográfico. Sin embargo, al introducir el concepto de velocidad esta díada experiencial se vio alterada. Debiéramos hoy hablar de una postcronotopía donde el espacio podría ser virtual (como en la realidad aumentada), drónico (la suspensión cenital) o posfordista (plataformas digitales). Un estar en donde, a menor tiempo y menor espacio, mayor productividad, control social e instrucción de los cuerpos.

Así, para Virilio velocidad y accidente o progreso y catástrofe, representa una doble lectura sobre los actos de la humanidad que urge hacer. La denotación de los hechos informados implica siempre la connotación codificada de los verdaderos límites del desarrollo tecnológico en curso.

La problemática de la velocidad está en el contrapelo que ofrece y oculta, y frente al cual no nos deben faltar fuerzas de vigilancia. No debemos olvidar que el espacio hoy es un lugar relativo al tiempo de la técnica.

 

Macarena
Roca Leiva

Profesora de Literatura
Docente e Investigadora del Centro de Estudio del Patrimonio (CEPA), Universidad Adolfo Ibáñez. Chile.

La movilidad: Entre subidas y bajadas por los ascensores de Valparaíso

Antes de construir ciudades y antes de que los grupos humanos tomaran la decisión de establecerse en un lujar fijo, y dar inicio a un proceso de sedentarización, dichos grupos se desplazaron por años siguiendo rutas dejadas por animales, como el caballo. Muchas tribus y clanes vivieron en torno a una cultura de la movilidad que les fue conformando su perfil nómade de desplazamiento entre rutas ya transitadas y nuevos lugares por conocer. Un recorrer itinerante que se fijaba en ciertas temporadas en torno a centros ceremoniales, cavernas para refugiarse del frío de las glaciaciones o en espacios de reunión para alimentarse cerca del mar y disfrutar, por ejemplo, de mariscos, como se puede observar en los conchales del norte de Chile. En este contexto una cultura de la movilidad se iba estructurando en función de elementos que circulaban desde las personas hasta sus historias y relatos, desde sus artefactos hasta la manera de utilizarlos, es decir un mundo de la movilidad que reunía tanto lo material como lo inmaterial.

Es desde la movilidad que podemos comprender el tiempo humano (Augé, 2009) y sus diferentes fases en torno a una permanente itinerancia. Una vez que la movilidad se enmarca dentro de ciertas fijaciones para dar origen a las ciudades, se comienzan a producir nuevos desplazamientos en función de pasos rápidos y pausados de los peatones, y desplazamientos más acelerados de carretas y carrozas impulsadas por tracción animal; dos tipos de desplazamientos que tenían una orientación frontal, un destino en función de una ruta trazada que fijaba la mirada hacia adelante. Sin embargo, cuando un nuevo sistema de transporte mecánico comienza a circular, la función de la mirada se modifica, pues las personas se ven obligadas a focalizar la mirada en la persona que está sentada al frente, reconfigurando el marco de sensaciones. “Las relaciones mutuas de las personas en las grandes ciudades se distinguen por una patente preponderancia de la actividad del ojo por sobre el oído. La principal razón es el transporte público. Hasta antes de que el siglo XIX se desarrollaran los ómnibus, los ferrocarriles, los tranvías, la gente nunca había estado en posición de tener que mirarse por varios minutos o hasta horas, sin dirigirse la palabra” (Simmel, 1981:230). De esta manera una nueva forma de fijar el ojo modificó profundamente la interacción social al interior de las ciudades, y al interior de los medios de transporte público.

La historia del ser humano ha forjado una cultura de la movilidad, del desplazamiento que opera tanto en la horizontal como en la vertical. Y si pensamos en ésta última dimensión y lo llevamos a la ciudad de Valparaíso, nos encontraremos con un sistema de transporte particular como son los ascensores. Testimonios del desarrollo industrial y comercial de fines del siglo XIX y principio del siglo XX, y de lo que vivió el Puerto en esa época. Los ascensores de Valparaíso, si tenemos en cuenta aquellos que se encuentran en funcionamiento, nos llevan a otro marco de mirada, nos llevan a focalizar y a pensar, en una mirada que apunta al horizonte, al cerro de al frente, a la bahía, y no necesariamente a la persona que tenemos al frente y que estaríamos obligados a mirar invadiendo su intimidad y goce de sí mismo (Le Breton, 1999). La mirada que se produce al interior de los ascensores, como el Reina Victoria, el Peral, el San Agustín o el Cordillera, traspasa las ventanas para llevarnos a un encuentro que se entrelaza con la ciudad y con la bahía que le confiere la identidad de Puerto. Ese encuentro entre el ojo y el espacio habitado nos permite conectar todos nuestros sentidos para dar espacio a un flujo de sensaciones que reconfigura de forma permanente nuestra identidad, pues nunca seremos el mismo que subió al que luego de transitar por callejones, estrechos pasajes y miradores vuelve a bajar para mezclarse con el transitar del Plan que lo vio subir.

Desde lo material los ascensores contienen un valor de uso tanto para los residentes como para los visitantes de Valparaíso, y desde lo inmaterial representan “lugares de memoria”, si tomamos la expresión de Pierre Nora (2009), pues ellos son portadores de un saber técnico propio de la época industrial de fines del siglo XIX en materia de transporte. Un saber contenido en la estructura física que se refleja cuando vemos las placas de Balfour, Lyon & Co en el Ascensor Artillería o de AEG (Allgemeine Elektricitäts-Gesellschaft) en el ascensor Barón. Una materialidad inscrita que se acompaña de lo inmaterial que corresponde a las representaciones que tienen los usuarios y habitantes de Valparaíso en relación a los valores sociales y de uso. Es ese patrimonio inmaterial contenido en un valor social y cultural que se transmite en la apropiación y el uso del espacio vivido y conocido que está contenido en esa cultura milenaria de la movilidad, y que nace y renace a cada momento que subimos y descendemos por los ascensores de Valparaíso.

 

REFERENCIAS
Augé, Marc. (2009). Pour une anthropologie de la mobilité, Paris, Payot & Rivahes.

Le Breton, David. (1999). Las pasiones ordinarias. Antropología de las emociones, Buenos Aires, Nueva Visión.

Nora, Pierre. (2009). Pierre Nora en Les Lieux de mémoire, Santiago, LOM.

Simmel, Georg (1981). “Essais sur la sociologie des sens”, in Simmel, G., Sociologie et épistémologie, Paris, Presses Universitaires de France, pp.223-238.

 

Maximiliano
Soto Sepúlveda

Doctor en Sociología, mención Socioantropología. Universidad de Estraburgo. Francia
Magíster en Antropología. U.Ch.
Profesor de Historia y Ciencias Sociales. PUCV.
Actual académico de las Facultades de Arquitectura y Humanidades de la Universidad de Valparaíso.

Fotografía cenital: ESPACIO Y RELATIVIDAD

Durante años, los estudios de narratividad han centrado su atención en la problemática del hombre en el tiempo. Esto ha generado la impresión de que el espacio es un lugar que solo se revela o cobra importancia en el marco temporal de las acciones y sus historias. La gran mayoría de ciencias humanas, ha teorizado sobre cómo el tiempo influye en los modos en que comprendemos la realidad y construimos un discurso sobre ella (desde el impresionismo pictórico a la novela histórica, pasando por biografía y cine ciberpunk).

En gran parte, han sido los estudios sobre fotografía los que han permitido revisar las categorías desde donde se instala la voz de la narración en el texto. Desde este punto de vista, la fotografía y su extensiva teoría semiótica, desde ontológica a cultural, ha participado activamente de la revisión del espacio en todas las disciplinas humanistas contemporáneas. De esta forma, la intertextualidad de los estudios culturales, es una respuesta inclusiva -y obvia- que atiende a la lógica de los nuevos procesos de decodificación.

Para Roland Barthes, el index de la imagen analógica permitía adentrarse en ese momento robado a la muerte, en ese espacio vetado. Años después, Joan Fontcuberta, establecerá que la imagen postfotográfica (o postanalógica) da cuenta del engaño de lo visual, de la mentira ante todo. Estos ejemplos -guardando sus radicales diferencias- muestran que la fotografía ha permitido reflexionar sobre el espacio desde miradas nunca antes concebidas.

La dimensión espacial, entendida para Lefebvre como el lugar donde se concretan las prácticas sociales, nos ha revelado que el spatial turn surgido en los últimos años a nivel mundial, está reflexionando sobre el lugar habitado con una nueva focalización o narración de la historia. En este sentido, la fotografía cenital del dron nos otorga una focalización inaccesible por nuestra propia condición terrestre. La mirada del azor, como la intuía Huidobro en 1931, nos permite ver que el mundo es otro, un espacio desconocido no percibido desde aquel ángulo.

Søren Thuesen, conocido en las redes como s1000, y los hermanos Mike y J.P. Andrews, han instalado el concepto abstract aerial art; una geopoética captada por la fotografía de dron que nos conecta con un imaginario despolitizado y nos entrega paisajes reales de la tierra no intervenidos por la mano del hombre (como en el land art). Estas fotografías nos aportan un ángulo de visión nunca experimentado: el río Tinto de Huelva, los cordones montañosos de Navarra, o la playa Amadores de Canarias observados desde la verticalidad o ángulo de 180°, nos desvincula del referente geográfico zonal, haciéndonos percibir solo sus texturas, volumetrías y patrones.

Dronestagram, sitio que actualiza a diario fotografías de dron a lo largo del orbe, evidencia una poesía geográfica dispuesta a maravillarnos y, sobre todo, a humanizarnos desde la belleza de la realidad no antes vista. Esta microcartografía logra que la recolección de flores en Tailandia o el atardecer en el desierto de Namibia, se vuelven lugares desterritorializados que nos atraen por la estética y por el redescubrimiento de lo cotidiano. La narratividad de estos espacios, desprovistos de su correlato político y cultural, fraternizan nuestras percepciones, haciéndonos olvidar preconceptos con los que valorizamos la sociedad.

 

Macarena
Roca Leiva

Profesora de Literatura

Docente e Investigadora del Centro de Estudio del Patrimonio (CEPA), Universidad Adolfo Ibáñez. Chile.

Te falta calle Ok

No creo que salga en ningún manual de sociología, de urbanismo o transporte, sin embargo todos sabemos a qué se refiere la frase “te falta Calle”. Habla de una persona con basto conocimiento teórico, harto libro, harta publicación en revista indexada, probablemente con varias investigaciones financiadas con fondos concursables, pero que a su vez, su cuerpo poco ha salido a ver la luz del día.

Gracias a las tecnologías de la información geográfica, el ¿para que salir a la calle?, cobra más sentido, si aquello que requiero está a algunos click en una pantalla que solo necesita internet.

Puedo: situar un contexto territorial, conocer la infraestructura de un barrio, identificar la materialidad y el tamaño de las viviendas, las condiciones ambientales cercanas y sus espacios públicos. Si a todo aquello le agrego la colorización de los datos censales actuales, puedo en definitiva construir un perfil acabado de los habitantes de un sector que permitiría proponer estudios que requieran de un aporte al conocimiento desde cualquier ámbito.

Claro está entonces, que la información geográfica digital nos ha brindado un gran apoyo, su aporte al análisis territorial en las ciencias sociales es indiscutible, siendo además, un ejemplo de lo que permite la producción de conocimiento multidisciplinario.

Sin embargo, no debemos olvidarnos que la tridimensionalidad no es lo mismo que la multidimensionalidad de los sujetos y que el escenario social como podemos verlo dibujado, está compuesto por distintos elementos que constituyen al individuo en un espacio y tiempo.

Muchas veces esto de salir poco a la calle, provoca que la construcción de conocimiento esté alejada de lo que pasa realmente en la ciudad, en comunidades y territorios donde se crea y re – crea la vida urbana, donde está la cosa sociológica que merece ser estudiada y que no logran ser vistas desde el zoom de una pantalla.

La clave para encontrar el equilibrio, está en entender que las imágenes satelitales son las maquetas del Siglo XXI, y que tienen la virtuosa gracia de que el investigador puede insertarse en ellas y ser protagonista de sus cambios, recorrer los circuitos de uso de calles y pasajes, el valor de la sombra, el valor de la acera, las esquinas, y paraderos, las prácticas de movilidad, etc. que finalmente son los elementos prácticos y simbólicos que solo se recogen si se analizan desde el discurso, pero también desde el habitar y convivir.

Los estudios y las políticas públicas resultantes de estos deben ser un reflejo de un pensamiento crítico que practica la vida urbana, que ejerce la democracia directa del territorio, si no seguiremos viendo los movimientos sociales o las acciones colectivas de la ciudadanía desde el google earth, con el mismo desfase de al menos un par de años.

La invitación es que salgamos a la calle… decidamos nosotros cuál es la mejor ruta para llegar a nuestro destino, aquella con escaparates, con accesibilidad universal, en la que disfrutamos de la vista, con aceras pavimentadas, cruces seguros, o simplemente la más corta para cumplir con el pensamiento racional del costo/tiempo. Al fin y al cabo si prendemos el GPS siempre podremos volver a nuestro cubículo sin ventilación para terminar de construir el conocimiento, pero ya con al menos algo más de oxígeno en el cerebro.

 

Belén
Paredes Canales

Socióloga
Universidad de Valparaíso.
Magister en Urbanismo
Universidad de Chile.

Desde el año 2010 profesional del Sector Público en el ámbito de la Planificación urbana, vivienda y proyectos de ciudad.

De la Fiesta al carnaval: entre ordenamiento y reordenamiento simbólico

Las manifestaciones festivas de individuos y comunidades son expresiones que nacen de lo religioso, donde originalmente no existía la distinción entre lo sacro y lo profano. De hecho, si pensamos, por ejemplo, en dos fiestas de la región de Tarapacá como son la Fiesta de la Tirana (16 de julio) y la Fiesta de San Lorenzo (10 de agosto), podemos aún presenciar esa unión entre lo sacro y lo profano como una sola expresión. Dos fiestas tarapaqueñas que entre procesiones llevan a cientos de peregrinos para visitar a la “Chinita” y al “Lolo”, donde muchos acuden por primera vez como visitantes mientras que otros acuden cada año para cumplir sus mandas como acto de devoción. Dos fiestas populares de dicha región donde los bailes, la música, las máscaras, los trajes, el fuego configuran un tejido de símbolos donde se entrecruza la fe, la feria y el festín que acompaña el espíritu festivo. Podríamos seguir sumando fiestas como las Saturnales en honor al dios Saturno (17 de diciembre) que se desarrollaban antes que el cristianismo fuera oficializado como religión del Imperio Romano (Edicto de Milán, 313 d.c.); también podríamos hacer referencia a las fiestas de locos que durante el medioevo transformaban la ceremonia de la liturgia en antiliturgia, lo ceremonial en burlesco; o a la fiesta del asno (14 de enero) que recordaba la huida a Egipto, una fiesta plena de simbolismo asociado al imaginario medieval o al simbolismo del asno.

Las fiestas tienen un origen religioso (Schultz, 1994), y podríamos afirmar que todo lo festivo respondería a una orientación religiosa, donde unas manifestaciones pueden apuntar más a un espíritu dionisíaco y otras hacia un espíritu más apolíneo, pero en el fondo ambas tienen una orientación religiosa. Por ejemplo, podríamos pensar en las Bacantes de Euripides y sentirnos próximos a un espíritu dionisíaco donde lo festivo y placentero tiene un carácter popular vinculado a lo carnavalesco. Y por otro lado pensar en los rituales de Semana Santa o en el Sabbath que nos pueden llevar a una orientación más apolínea que responde a la recreación racional de un ritual. Sin embargo, el pensar y el presenciar las manifestaciones festivas de lo humano/divino responde a una dualidad, alternancia y fusión de lo apolíneo y dionisíaco (Nietzsche, 2007). Un principio de comunicación y de interacción entre el orden natural y cultural que actúa en función de la necesidad de guardar de forma permanente un orden de carácter simbólico entre lo humano y lo divino. Un orden que responde a fechas precisas, a un calendario festivo, y que en el caso de acontecer un suceso que altera el orden natural/cultural durante, por ejemplo, un periodo de siembra o cosecha como es en el caso del fallecimiento de un recién nacido, se apela a un ritual de duelo/fiesta que reordene lo simbólico a través de un velorio de angelito (Petrovich & González, 2015). Pero así como las fiestas religiosas reproducen simbólicamente la sociedad hay rituales festivos que la invierten apelando al desorden simbólico. El hecho de hacer referencia a lo festivo es centrarse en la cultura popular, en sus expresiones públicas (Bakhtine, 2010) y en uno de sus principales rituales festivos como lo es el carnaval. Es el caso del Carnaval de Río, del Carnaval de Oruro, del Carnaval de Venecia o del Carnaval de Basilea, por mencionar algunos. Cuatro manifestaciones carnavalescas que desde su polisemia preparan desde lo profano el camino hacia lo sacro, siendo el anverso de la cuaresma, y donde las metamorfosis del paso de la vida a la muerte, y a la resurrección, o el paso de Rey a Bufón, o de Obispo a Pecador, que se representan a través de máscaras y bailes, constituyen una suerte de práctica ritual (Turner, 1988) que compensa las diferencias propias de una sociedad políticamente inestable apelando a la reunión de las diversidades que la pueblan.

 

Maximiliano Soto Sepúlveda

Doctor en Sociología, mención Socioantropología. Universidad de Estraburgo. Francia Magíster en Antropología. Universidad de Chile. Profesor de Historia y Ciencias Sociales. PUCV. Actual académico de las Facultades de Arquitectura y Humanidades de la Universidad de Valparaíso

Desafíos para la escuela del siglo XXI

Cada época trae consigo sus desafíos. Hasta hace veinte años atrás el acceso a la información y al conocimiento era uno de ellos. ¿Qué son los sulfitos? ¿Quién es el presidente de Surinam? ¿Cómo hacer una fórmula en una planilla Excel? Eran preguntas que podían tenernos días ocupados intentando obtener la respuesta. Y dado el valor que tenía entonces ese tipo de conocimiento, la escuela se obsesionó justamente con transmitir información bajo la forma de fechas, definiciones, fórmulas y conceptos. Como consecuencia de esto, se terminó celebrando y considerando inteligente a quien fuera capaz de almacenar la mayor cantidad de información en su cerebro y la repitiera ante el estímulo de la pregunta del profesor o quien fuera.

Si esto es lo que ocurría hasta hace veinte años atrás, vale la pena preguntarse entonces ¿cuál es el desafío de este tiempo para la escuela? Y lo cierto es que la respuesta no es tan simple, pero al menos creo que coincidimos en que las tres preguntas planteadas en el párrafo anterior no lo son: hoy día cualquier niño de seis o siete años que tenga a su disposición un celular o un computador con conexión a internet podrá responderlas en no más de treinta segundos. Entonces, si el conocimiento y la información no es, ¿qué es?

Como dije la respuesta no es simple, porque no me cabe duda que la velocidad en los avances en la ciencia y la tecnología harán cambiar, en pocos años, gran parte de lo que hemos estudiado religiosamente hasta el momento: probablemente en el año 2030 habrá nuevas leyes en física, química, matemática, o hallazgos en neurociencias que invalidarán gran parte de lo que hemos aprendido. Pero ante este panorama que se plantea lleno de incertidumbres respecto a qué enseñar, hay cosas que permanecerán invariables y que la escuela se ha visto obligada a explorar. Estas son una serie de habilidades que la bibliografía se ha atrevido a denominar como habilidades del siglo XXI y que, si lo pensamos bien, no tienen que ver con lo que sabemos sino con qué hacemos con eso que sabemos, y que se relacionan directamente con el mundo laboral que les tocará vivir a las nuevas generaciones. Y pues bien, ¿cuáles son estas habilidades? Varían de autor en autor, pero suelen coincidir invariablemente en estas tres: Pensamiento Crítico, Pensamiento Creativo y Colaboración.

En sencillo, se entiende como pensamiento crítico la capacidad para realizar juicios y tomar decisiones luego del análisis de distintas perspectivas de un mismo fenómeno. Por otra parte, pensamiento creativo, de manera simple, se puede definir como la capacidad para poner en relación ideas que antes no estaban conectadas. Por último, se entiende por colaboración la capacidad para trabajar coordinada y coherentemente en grupos heterogéneos intentando resolver problemas que de manera individual sería imposible hacerlo.

Saber esto ayuda, porque nos da un poco de certeza ante un futuro lleno de incertidumbres en términos de qué será necesario saber. Pero a la vez, es una invitación a pensar hasta qué punto nuestras escuelas y sistema en general se encuentran preparados para estos nuevos desafíos.

En este sentido, una primera pregunta que vale la pena hacerse es ¿Existe conciencia de la necesidad del paso de un enfoque centrado en el conocimiento a uno basado en el desarrollo de estas nuevas habilidades? Son muchos los profesores y apoderados que se ponen nerviosos cuando no ven los cuadernos de sus estudiantes o hijos rebosantes de materia, pues pareciera ser que en muchos sectores una educación de calidad es sinónimo de acumulación de información. Y eso no es así.

Una segunda pregunta puede ser ¿Cómo debería ser el profesor que lidere estos cambios dentro de la sala de clases? Hay cosas que son claras: si la meta de la escuela no es la acumulación de información, es evidente que el que liderará esas salas no debe ser formado bajo ese enfoque. Esta idea del profesor enciclopedia debe quedar atrás.

Y una última pregunta sería ¿Cómo deberían ser las salas de clases que cobijen a estos nuevos estudiantes y sus necesidades? Salas de clases frontales, con estructuras de filas y centradas en el profesor no promueven el diálogo entre estudiantes, ni las interacciones necesarias para el desarrollo del pensamiento crítico y el trabajo colaborativo. Para esto es necesario que los estudiantes se miren y conversen, y eso hoy día no está pasando en la gran mayoría de nuestras aulas.

En resumen, la inercia no nos conducirá hacia esa escuela que el Chile del siglo XXI requiere. Es necesario que cada uno desde su lugar– académicos, profesores, apoderados y estudiantes – impulse desde su trinchera estos cambios. Espero que esta simple reflexión los empuje a generar los cambios que sus salas de clases y las de sus hijos necesitan.

 

Pablo Alonso
Salinas Olivares

Profesor de Castellano y Comunicación
Licenciado en Lengua y Literatura Hispánica.

Diplomado en Educación Media en Contextos Vulnerables (PUC)

Diplomado en Liderazgo Educacional (PUC)

Magister en Liderazgo y Gestión de Organizaciones Escolares (PUCV)
Magister (c) Dirección Pública (PUCV)

Jefe de UTP Colegio San Andrés
Director Ejecutivo EDElab
Consejero Regional Fundación Enseña Chile

Agua Lluvia

Poco sabemos que la campaña para pavimentar los barrios de nuestras ciudades surgió hace un par de décadas principalmente como una iniciativa medioambiental que buscaba reducir la polución. Eliminar la tierra, el polvo y el barro parecía en aquel entonces el principal objetivo, siendo hoy principalmente valorada por la capacidad que tiene de dotar a los habitantes de accesibilidad hacia las grandes conectividades.

De manera más silenciosa, el desarrollo y perfeccionamiento de los proyectos de pavimentación ha contribuido también a generar soluciones de aguas lluvias que tienden a conducir las aguas a sumideros conectados con el sistema hidráulico de la ciudad.

De este modo, el escurrimiento superficial de las aguas lluvias encauzadas hasta su soterramiento, pensado de un modo ideal, decantará en algún colector que llegará hasta el mar y la trayectoria del agua de cerro a mar y de plan a mar responde y se finaliza.

“Los romanos están orgullosos de nosotros.” Lo cierto es que en la Región de Valparaíso aún existe un déficit de pavimentación que genera que las áreas urbanizadas no estén exentas de la motivación natural del agua de buscar la superficie en aquellos lugares donde no se haya tomado una medida para resguardar su trayectoria. Esto dificulta alcanzar un resultado limpio y seguro de canalización, y también nos recordará que el agua actúa por propulsión y gravedad obligándonos a pensar en nuevas maneras de comprender su curso.

Es así como no está de más, por cierto, buscar alternativas a la pavimentación en la recuperación medioambiental de espacios naturales de drenaje y encauzamiento del agua, las quebradas aún subsisten en la ciudad urbanizada y son un ejemplo para aquello.

Valorar la quebrada desde su función en el territorio, permitirá darle al agua un espacio tranquilo por el cual circular y le otorgará al ordenamiento de la ciudad un recurso para mitigar los riesgos de desborde.

A su vez, se debe tener en cuenta que el agua no solo puede ser conducida, también puede ser recuperada y reutilizada. De ahí que sacar ventajas de su escurrimiento por gravedad y potenciar el sentido hidráulico para generar recursos sostenibles sea también una profundización que el sentido medioambiental de mirar la quebrada debe tener.

Sin embargo, con la baja del caudal que han presentado las quebradas en las últimas décadas, estas han sido invisibilizadas en la trama urbana, generando de este modo, la proliferación de viviendas informales en estas áreas, cuestión que ha persistido en ciudades como Valparaíso y Viña del Mar creándose áreas de vulnerabilidad social y ambiental.

Por lo descrito, el recobrar la quebrada y darle un valor medioambiental agregado no es solo un desafío de la ingeniería, requiere además de una intervención integral que considere todas las variables y todas las tuiciones. En muchas ocasiones la hiper-actuación normativa que existe en un territorio restringe y desalienta las ideas de intervención por parte de las instituciones y de la ciudadanía organizada, lo cual puede ser superado si se trazan objetivos comunes que definan los recursos que queremos proteger y en qué tipo de ciudad queremos vivir, que de seguro será en función de valorar la quebrada, valorar el agua que por ella escurre, alejarnos de los riesgos ambientales y habitar una vivienda segura.

Es así como el agua naturalmente escurre, naturalmente los habitantes del territorio deben reconocer que, si los recursos son cuidados y preservados mejorarán su calidad de vida, con cada vez menos intervención del hormigón.

Belén Paredes Canales

Socióloga Universidad de Valparaíso. Magister en Urbanismo Universidad de Chile.

Desde el año 2010 profesional del Sector Público en el ámbito de la Planificación urbana, vivienda y proyectos de ciudad.